– Claro que deseo vengarme.
– Lo consideras relevante. Verdaderamente relevante.
– Tengo miedo. No puedo dejar que el odio me consuma.
– En realidad, me figuro que estás exagerando.
– No puedes comprender lo que siento.
– Vaya argumento barato. Es típico. Cada vez que te quedas sin defensa, recurres al absurdo de “nadie me comprende”. Patético.
– Eres cruel.
Aún no he terminado contigo. Apilados como escombros en la ribera de la calzada yacen los cuerpos, que desplazados hacia el costado permiten que el flujo vehicular continúe sin interrupciones. El Departamento de Sanidad suele requerir los servicios de sujetos como tú. “No te dirijas a mí en medio de la narración. No te interrumpas”. En efecto, la labor asignada no siempre era agradable. Hacía ya veinte años que por televisión habían anunciado el avance de los maestros culinarios en robótica: el humano sería liberado de la cocina, gracias a los avances en Inteligencia Artificial. De la cocina quizás, pero no de la explosión demográfica: incontrolada, expansiva, abrumante.
– ¡Vamos! Basta de lloriqueos y deseos de venganza.
– Otra vez con lo mismo–. En un murmullo, dirigiéndose al único que no lo comprende desde que perdió todo lo que le daba sentido a su existencia, en estos días de incertidumbre y apatía: la amada.
– Un día nos va a escuchar. Siempre quiere que saquemos las pilas rápidamente.
– Saben bien que siempre escucho. Siempre.
– Creerá que somos estúpidos. Como si tuviese súper poderes para escucharnos siempre.
– Y que lo haga me tiene sin cuidado.
– Eso.
– De todas formas tenemos que sacar las pilas, están empezando a mosquear.
– Ya huelen.
Algunos automovilistas muestran su incomodidad con el hedor que va envolviendo los alrededores. Una niebla cubre el atasco. El camión “fiambrero”, como lo llaman algunos de los pocos infantes que quedan en la ciudad, está apostado sobre la berma, entre la calzada y la vereda. Como pueden ver, unos cuantos metros más allá, está la primera pila. Desde este túmulo, cada quince metros, se encuentran variadas pilas hacia el final de la avenida, que se percibe al fondo, donde se puede advertir un hermoso ocaso nuclear.
– ¡Oiga! ¡Ei! ¿Hasta cuándo se demoran? Ya sería tiempo que hubieran sacado las pilas hediondas. El otro grupo, a esta hora, ya ha eliminado todos los montones. Hace rato miro como se quedan mirando la nada, conversando. Ya, ya, ya. Saquen pronto esas pilas, no ven que el jugo de pudrición que empiezan a botar, en estos días de calor, daña los jardines… ya pues, muévanse, para eso pagamos los impuestos.
– (Se irá a callar, algún día).
– Disculpe la poca disposición de estos funcionarios. Le aseguro que muy pronto ya no estaremos aquí.
Los funcionarios del Departamento de Sanidad dejaron de debatir en torno a la venganza. Levantaron sus palas. Se sacudieron el polvo del overall. Miraron de reojo al inspector. Sabían que terminaría igual que ellos, igual que las pilas hediondas. Sólo bastaba un poco de velocidad y de ingenuidad.
– Bien, bien, bien–. Se puso los lentes baratos de sol, cogió firme la pala, la cargó, desmoronando la primera pila, y vació su contenido en la apertura del camión. Los trituradores transformaron todo en una masa con gran celeridad. Luego, el camión tragó pieza por pieza, las partes de la primera pila que se iba desarticulando.
– Si no existiese la posibilidad de vengarse, no tendría expectativa ni esperanza.
– Ya no recuerdas esa frase.
– ¿Cuál?
– Espera, mmmm. Claro, “les meteremos la esperanza por el culo”.
– Creo que sí. Esa frase es de antes de la construcción de los triples carriles de hipervelocidad, ¿o no?
– Me parece. ¿Qué sería de nosotros sin estos carriles?
– ¿Y sin la venganza?
– Eres un monotemático.
– Vamos, la segunda pila está más cargada. Empieza a heder con fuerza.
– Ya me he acostumbrado a esta fragancia.
– De igual forma como nos acostumbramos a la comida de autómatas.
– Exacto. Es una comida apacible. Condimentada de manera proporcional. Por cantidades. Es justa y precisa.
– Ummmm, sí, ya lo creo.
– Además, han logrado administrar la comida mejor que nosotros.
– Tienes razón.
– Carguemos el camión para la trituración.
– Eh, mira. ¿Qué hace ese muchacho en la tercera pila? ¿Cómo soporta el hedor?
– No lo sé, pero creo que la nostalgia debe ser más fuerte. Está muy interesado, moviendo de un lado hacia otro los restos.
– Siempre lo mismo. Por qué buscan entre los restos. Ya no sirven de nada.
– No recuerdas. De verdad no recuerdas, ¿por qué buscan con tanto anhelo?
– Prefiero no recordar.
Las imágenes se suceden con tanta velocidad que sólo se siente un leve escozor en las sienes.
– No me importa ya. Sólo quiero terminar de cargar el camión. Las pilas ya huelen demasiado. Además, no tendremos la luz del ocaso eternamente. Pronto se levantará la restricción diurna y todos empezarán a correr.
– Eres un cobarde.
– No me importa. Muchacho, eh, vete ya. Deja de buscar en ese montón. Sólo son atropellados. Ahí no está. Vete ya.
Qué se creerán. Los empaladores con su camión “fiambrero” siempre oliendo. En fin, creo que tienen razón: aquí no está.
– Por fin se va.
– Ya no hay tiempo para lutos.
– Apresúrate, el camión está marcando el regreso al terminal.
– ¿Dónde se metió el tarado del inspector?
– Ya partió, creo.
– Bien. La última paletada.
– Así es, mañana será otro día.
– Lo consideras relevante. Verdaderamente relevante.
– Tengo miedo. No puedo dejar que el odio me consuma.
– En realidad, me figuro que estás exagerando.
– No puedes comprender lo que siento.
– Vaya argumento barato. Es típico. Cada vez que te quedas sin defensa, recurres al absurdo de “nadie me comprende”. Patético.
– Eres cruel.
Aún no he terminado contigo. Apilados como escombros en la ribera de la calzada yacen los cuerpos, que desplazados hacia el costado permiten que el flujo vehicular continúe sin interrupciones. El Departamento de Sanidad suele requerir los servicios de sujetos como tú. “No te dirijas a mí en medio de la narración. No te interrumpas”. En efecto, la labor asignada no siempre era agradable. Hacía ya veinte años que por televisión habían anunciado el avance de los maestros culinarios en robótica: el humano sería liberado de la cocina, gracias a los avances en Inteligencia Artificial. De la cocina quizás, pero no de la explosión demográfica: incontrolada, expansiva, abrumante.
– ¡Vamos! Basta de lloriqueos y deseos de venganza.
– Otra vez con lo mismo–. En un murmullo, dirigiéndose al único que no lo comprende desde que perdió todo lo que le daba sentido a su existencia, en estos días de incertidumbre y apatía: la amada.
– Un día nos va a escuchar. Siempre quiere que saquemos las pilas rápidamente.
– Saben bien que siempre escucho. Siempre.
– Creerá que somos estúpidos. Como si tuviese súper poderes para escucharnos siempre.
– Y que lo haga me tiene sin cuidado.
– Eso.
– De todas formas tenemos que sacar las pilas, están empezando a mosquear.
– Ya huelen.
Algunos automovilistas muestran su incomodidad con el hedor que va envolviendo los alrededores. Una niebla cubre el atasco. El camión “fiambrero”, como lo llaman algunos de los pocos infantes que quedan en la ciudad, está apostado sobre la berma, entre la calzada y la vereda. Como pueden ver, unos cuantos metros más allá, está la primera pila. Desde este túmulo, cada quince metros, se encuentran variadas pilas hacia el final de la avenida, que se percibe al fondo, donde se puede advertir un hermoso ocaso nuclear.
– ¡Oiga! ¡Ei! ¿Hasta cuándo se demoran? Ya sería tiempo que hubieran sacado las pilas hediondas. El otro grupo, a esta hora, ya ha eliminado todos los montones. Hace rato miro como se quedan mirando la nada, conversando. Ya, ya, ya. Saquen pronto esas pilas, no ven que el jugo de pudrición que empiezan a botar, en estos días de calor, daña los jardines… ya pues, muévanse, para eso pagamos los impuestos.
– (Se irá a callar, algún día).
– Disculpe la poca disposición de estos funcionarios. Le aseguro que muy pronto ya no estaremos aquí.
Los funcionarios del Departamento de Sanidad dejaron de debatir en torno a la venganza. Levantaron sus palas. Se sacudieron el polvo del overall. Miraron de reojo al inspector. Sabían que terminaría igual que ellos, igual que las pilas hediondas. Sólo bastaba un poco de velocidad y de ingenuidad.
– Bien, bien, bien–. Se puso los lentes baratos de sol, cogió firme la pala, la cargó, desmoronando la primera pila, y vació su contenido en la apertura del camión. Los trituradores transformaron todo en una masa con gran celeridad. Luego, el camión tragó pieza por pieza, las partes de la primera pila que se iba desarticulando.
– Si no existiese la posibilidad de vengarse, no tendría expectativa ni esperanza.
– Ya no recuerdas esa frase.
– ¿Cuál?
– Espera, mmmm. Claro, “les meteremos la esperanza por el culo”.
– Creo que sí. Esa frase es de antes de la construcción de los triples carriles de hipervelocidad, ¿o no?
– Me parece. ¿Qué sería de nosotros sin estos carriles?
– ¿Y sin la venganza?
– Eres un monotemático.
– Vamos, la segunda pila está más cargada. Empieza a heder con fuerza.
– Ya me he acostumbrado a esta fragancia.
– De igual forma como nos acostumbramos a la comida de autómatas.
– Exacto. Es una comida apacible. Condimentada de manera proporcional. Por cantidades. Es justa y precisa.
– Ummmm, sí, ya lo creo.
– Además, han logrado administrar la comida mejor que nosotros.
– Tienes razón.
– Carguemos el camión para la trituración.
– Eh, mira. ¿Qué hace ese muchacho en la tercera pila? ¿Cómo soporta el hedor?
– No lo sé, pero creo que la nostalgia debe ser más fuerte. Está muy interesado, moviendo de un lado hacia otro los restos.
– Siempre lo mismo. Por qué buscan entre los restos. Ya no sirven de nada.
– No recuerdas. De verdad no recuerdas, ¿por qué buscan con tanto anhelo?
– Prefiero no recordar.
Las imágenes se suceden con tanta velocidad que sólo se siente un leve escozor en las sienes.
– No me importa ya. Sólo quiero terminar de cargar el camión. Las pilas ya huelen demasiado. Además, no tendremos la luz del ocaso eternamente. Pronto se levantará la restricción diurna y todos empezarán a correr.
– Eres un cobarde.
– No me importa. Muchacho, eh, vete ya. Deja de buscar en ese montón. Sólo son atropellados. Ahí no está. Vete ya.
Qué se creerán. Los empaladores con su camión “fiambrero” siempre oliendo. En fin, creo que tienen razón: aquí no está.
– Por fin se va.
– Ya no hay tiempo para lutos.
– Apresúrate, el camión está marcando el regreso al terminal.
– ¿Dónde se metió el tarado del inspector?
– Ya partió, creo.
– Bien. La última paletada.
– Así es, mañana será otro día.
