Se
sube a la 505. Lo he visto otras veces. Su canto es inarmónico; tiene la voz
gruesa y cascada. Pierde el volumen y lo recupera en sinuosos altibajos que van
componiendo una ópera única. Se le va un ojo. El otro es más bien inexpresivo.
Y aquel pájaro herido que cobijaste en tus manos. Es Leonardo Favio, no Sandro:
no importa. Joven, ¿conoce a Demi Rouso? El griego me dijo que alcanzaba el
registro de Pavaroti. Yo alcanzo todos los registros, multitonal. Paso del barítono
al tenor y hasta a lo soprano. Sentado frente al mar, mil besos yo te di.
Señores pasajeros buenas tardes en el hogar me dijeron que el Lucho Jara me
había ido a buscar para asistir al programa de canto pero yo no estaba porque
estoy acá cantando para ustedes con mi mejor voz. Pavaroti me dijo que alcanzo todas las escalas en la pentatónica. El ojo se le va hacia arriba. El otro se
clava fijo detrás de los cristales de sus lentes. Tengo 52 años, me tomé las
pastillas y dormí bastante bien, ¿saben? Muchas gracias a todos ustedes. Joven,
¿usted de qué ascendencia es? De Andalucía y Palestina, yo soy árabe igual por
mi padre, ¿se sabe esa canción? No pronuncio bien el árabe. Carraspea y canta
una tonada perdida en los recovecos de la memoria. El p(A)nx lo mira con
asombro y le sonríe porque lo quiere tanto como a Lorca. Al principio recordó
que canta tan raro que sería mejor que pidiera la plata sin cantar, pero hoy
fue distinto. O sole mio. Estremece los vidrios de la 505. Alguien se emociona
hasta las lágrimas. Las monedas caen en sus manos: justo cuatro. O quizás dos
óbolos para cubrirse los ojos y pagarle al barquero. En el velador tenía un
vaso de agua y estaba enfermo de tos no me cuidé bien el resfrío y ya ve, así
me quedó la voz; imagínese si no me la hubiera dañado, cómo cantaría ahora, los
registros que alcanzaría, estaría al lado de Pavaroti. El Lucho Jara es
mentiroso, irá a ir en dos semanas a buscarme al hogar para llevarme al
programa de la tele. Claro es que yo también tengo mis reparos y soy
complicado; por eso se van de mi lado, aunque los hombres no lloran yo creo que
hay que llorar si uno tiene tristeza. Mujer estás pidiendo amor y yo no puedo
darte nada.
sábado, 15 de agosto de 2015
jueves, 6 de agosto de 2015
LABIO CORTADO SIN CICATRIZAR
Sigo hablando de mí como si no se notara. Un muchacho trae los ojos con sombra y delineado en negro. Un calcetín perdido se me hilvana en la memoria. La ciudad está rota, se resquebraja, rompe pero sigue encerrada. Hay furor iracundo, más que amor o rebeldía. No le explico que es una 213e y toca insistentemente el timbre; al que se lo expliqué, se desesperó y quiso abrir la puerta. No puedo hacer nada por nadie. Pero le habló, me mira con ganas de matarme, con ganas de ya sé que es una 213e y sigue tocando el timbre. De pronto, un poco menos amenazante me dice que a veces para en esa esquina. Exige que pare en esa esquina. La deja a un par de cuadras y no está conforme: siento su rabia y descontento que quedan flotando en toda la parte de atrás de un bus gastado por las historias fantasmas que habitan en esa cápsula de metal que rebota contra el asfalto lleno de grietas.
Voy a Lampa. Me despierto en una habitación de un edificio que no es el mismo que recuerdo cuando cerré los ojos; perdí un calcetín, un gajo de nada y de memoria. ¿Sabes? Yo también quiero tener código de novios en una casa comercial, ¿o no? La idea monstruosa de ser cliente de una gran tienda de varios pisos con escaleras mecánicas nuevas y funcionando. Espera, tengo que esconder la Mastercard. Los chicagoboys miran desde el Paraíso la masa uslereada que es América, atravesada de fierros y parches de hormigón con cemento, electrificada a diario, llena de asesinatos de película que camuflan los asesinatos cotidianos, tan cotidianos como en Hamburgo, Tokyo o Sidney. Las escaleras mecánicas llevan al Cielo de la compraventa. Pasan saltando como cabritillas dos mujeres como de cincuenta años, ríen y se tiran tallas sobre un candado casi extraviado, casi dejado abandonado en una mesa. El candado va puesto en la maleta. El sello y la jaula: la ciudad se abre como una cárcel en llamas, como un jardín de infantes sicóticos. Las perras y los perros aúllan; hay gatos invocando en los tejados; gatas de orejas con pedazos menos; el eco de las balas dando la hora como campanadas contra los muros. El tejado de plástico de la casa de cajones de tomate; el hogar tiznando el muro grueso que separa la ciudad de la línea de tren que la atraviesa: cocinar en tarro. El colchón sobre la franja de tierra, al lado de la vereda, al frente de la casa de cajones, está bendecido con el cadáver de un felino que ha sido chupado por la tierra y su esqueleto está incrustado en ella. La catedral derruida desde el techo y la fábrica okupada quieren respirar por la vena que la línea del tren abre por la piel de la ciudad. Llegan viajeras que con los años terminan viejas y sentadas en una banca de madera en la concurrida esquina de Puente con Rosas rompiendo el aire con el canto de tangos destemplados que hacen coro con el zapateo incansable que repercute en los muros de las tiendas que se apostan a los costados del Paseo Puente. En una esquina, ahí las topaste, las escuchaste cantar, mirar al vacío con sus ojos cegados por la luz de los años; existían como estas letras; como una canción de Bowie, como una chica guapa que te hace perder la cabeza. Ser guapa, diría mi abuela (antes de olvidarme por completo o a medias o de cambiarme múltiples veces el nombre), es ser fuerte, tener carácter y gustarte. A veces creo que de tanto reprimirse, se volvió loca la vieja. Hay que ser guapo como un torbellino galáctico o como un nene consentido; poner paso sobre paso de visita por el inconsciente panki con el que habita lo urbano. Ahora viene la oleada queer o feminista o sexista o masculinista o qué qué qué; siento el cuerpo, siento que siento, siento la energía, el hedor, el calor que irradian. Sé que están vivas y vivos, arriba de esta microruga cubierta de vaho y alientos a pana, a huevo duro, a ensalada vinagre, a sanguche, a té, a agua, a guata vacía. Huelo la descarga eléctrica que emiten. La letra oficial confina la sexualidad de mujeres al silencio; nadie puede prohibir hablar de lo que queramos: de la carne en llamas, de la piel sudorosa, de tocarse. Mierda si lo prohíben una y otra vez. Mierda mierda mierda. Me voy a casar conmigo, ¿sabes? Voy a gemir con mi código de novios en una tienda multinacional representante legal de las constructoras de casas subvencionadas que se vienen abajo solas o que quedan en villas decentes construidas sobre vertederos donde por las alcantarillas suben columnas de fuego, gas y jugo de basura encendidos. ¿De verdad, te interesa porque quise acostarme contigo o solo quieres restregarme que me robe el código de novios que era para nuestro gran día? Espera, tengo que esconder la ropa de la guagua que ya compré aunque paseo un coche vacío con una cría muerta, otra desaparecida y otra que figura en el informe Rettig o en la lista que pudieron hacer en la embajada de Grecia para salvar de la carnicería que había empezado con tripas saltando por el aire. No te interesa por qué quise acostarme contigo; ni tampoco el número del registro civil ni del código de novios de la constructora de jaulas, perforadora e inoculadora de cemento. Me toco; cuando me toco, se me cae el pene en eyaculaciones precoces paranoicas igual que la inigualable experiencia de levantarse por la mañana, meterse en un vagón hediondo a pañal usado y atestado hasta los bordes, hasta salirse por las ventanas apretados como una paté, dirigirse al trabajo dignificante donde te explotan con lujo de detalles pornográficos y gemidos obligados de números y folios. (Hay alguien que sí sabe de sus zonas erógenas y conoce las risas, pero hoy le toca hablar al parvulario del siquiátrico). Todo ese cargamento de criaturas humanas va a cumplir con su jornada de explotación y cansancio remunerado; migajas para las palomas. ¿Qué mierda hacen con su afectivosexualidad estas criaturas culias que caminan en dos patas como cualquiera? ¿A dónde chucha se metieron la emotividad? La cancelaron junto con la última entrega del circo de enanos y gigantes del show televisivo del momento, los monstruos de silicona y vaselina. Cambiar de canal es tener afectividad. Cambiar de canal te puede salvar de seguir hurgando en la ciudad, en la nariz de la ciudad donde se ocultan mocos de todos los tipos: secos, duros, verdosos, con sangre, costrosos y los siempre clásicos duros al principio blandos con cola hacia atrás. Las experiencias vitales de la afectivosexualidad parece ser que las viven como sacarse los mocos: por deporte o por incomodidad. Cambiar de canal. Cambiar de canal. Modelamiento del cuerpo. Vas a seguir pensando en el loco con aleta de tiburón que se arrastra por los adoquines circundantes a la Catedral, no puedo olvidarlo; quisiera besarlo y entregarme, pero no puedo. Siempre quise ser Cristo, aunque me dan miedo las coronas de espinas. Las llamaradas anaranjadas envuelven los edificios, se elevan al cielo amoratándolo, de las ventanas sale espuma: espuma de detergente para la loza, oleadas de espuma de detergente salen por las ventanas mientras los edificios no dejan de incendiarse. No hay alaridos, solo el tango destemplado que atraviesa desde un extremo al otro el tiempo. Todas se aparecen detrás de una esquina, apuntándome con el dedo. En la vitrina, los perniles ya están cortados en torrejas. Hay olor a padre afilando los cuchillos con el canturreo de fondo de los carniceros del Mercado Central y a madre preparando la tela para cortar un traje de dos piezas, mientras me cose las cejas rajadas por los puños de los pequeños dictadores que juegan a torturar quiltros. Recoleta se puebla de olor a orín y de susurros habitando el aire, contando lo que hay de fresco y verde y nutricio. Estar viejo para sorprenderse con una colegiala. Dejar que el vendaval llene la vista de polvo y orientarse a las revueltas aguas del Mapocho. Terminal LA PAZ, buses a Batuco, Colina, Til Til, Lampa. Toda la población espera lluvias; esperan el milagro decadente que les permita seguir quejándose de su suerte de rastreros. Algún día bailaré y tú querrás soltar tu animal en celo junto al mío. Mientras, el cielo se estremece, pasa una niña de unos cincuenta años con el peluche en la mano, balbucea, el ojo izquierdo entrecerrado y el derecho desorbitado; tiene una cicatriz que le sube desde el cuello hacia el rostro, bifurcándose hacia la boca y hacia el pómulo: es un rayo que corta la tormenta de la psicosis de desayuno. Me siento en casa: un títere descosido entre muñecos mutilados, dioses demonios del amor y el vacío. La ciudad se resquebraja con un trueno y empieza a caer la lluvia que quema.
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