Van siempre a misa para elevar plegarias por los hospitales. Pisan con frenesí el acelerador degollando gatos apenas nacidos, quienes luego de ser aplastados, pasan a conformar un único color con el asfalto.
Comulgan con ruedas de carreta, haciendo largas filas a la espera de su “corpus christi”. Porque es suyo, de nadie más. Abren las mandíbulas, expectantes, chorrean largos hilos de saliva. Devoran rueda, carreta, caballos y conductores: caravana, carretela, carroza, coche, cupé, carreta; en fin, entra por sus fauces, en ese acto místico, mientras dejan caer una lágrima por las viejas borrachas que defecan en alguna plaza pública o en algún rinconcito citadino, todo el sabor de su dios.
Ella deja sus faldas a la altura del ombligo, se encuclilla; muestra con orgullo unas rodillas pulimentadas de mugre. Suelta varios peos: ruidosos gritos de lucha que confirman que la indicación fónica desaparece en la ausencia que le impone la situación espacio-temporal, como dicen los sabios.
-corpus christi-.
-aaaaamééééééénnnnnnnn-.
Los mojones quedan en el camino: gloriosos túmulos de un mundo glorioso. Luces alógenas. Se inicia el baile metódico en la pista: ahí vamos a entonar más plegarias, unos tras otros. Los focos apuntan el culo de la vieja que se ha ganado todos los premios habidos y por haber. (Estaban ocultos en la puerta número cinco del show misceláneo del sábado por la tarde: 715.340.256 televisores plasma de 932”, 859.107 piernas de jamón catalán y otras cifras incontables de cajas de fósforos indispensables en todo hogar). La vieja aún al limpiarse no había sido notificada del premio y, mucho menos, de que tenía un hogar. Su gran cagada, hoy llamada “the real one original”, es una verdadera bosta con forma de rueda de carreta. Y, como no cuece peumos en la boca, se lanza una última pedorreta a modo de apocalipsis en tempo allegro vivacce.
Arruga una y otra vez un trozo de periódico, donde seguramente venía el cuarto de kilo de carne molida que usted compró para el almuerzo de ayer o bien donde alguno, que no diré quién, envolvió a los cachorros y los mandó a volar, dejándolos a su suerte sobre la calzada. Logra suavizar su único contacto con la realidad. Podría decirse que se limpia el poto con las desgracias de la humanidad. No se leen las fechas en el resto de periódico como si una mano divina alivianara el peso de verse envueltos en la historia o en el mito. Ya no puede leerse, a menos que se haga por el ojo del culo de la vieja, lo referente a los ejércitos que han asolado Medio Oriente por décadas, si no es por siglos.
La vieja suspira, ha terminado su labor satisfactoriamente. Apuña el papel, lo lanza a un rincón de la plaza pública que queda a la vueltecita de la iglesia. Ahí, otra vieja emperifollada, disimulando un pedo, llora por esos niñitos lejanos y desconocidos que mueren en las guerras medio-orientales, víctimas de algún tirano enfermo. Luego, subirá, conservando en su boca el sabor místico de la hostia, a su flamante automóvil y pisará el acelerador con el frenesí acostumbrado. Dejará la huella de los animales aplastados en el pavimento, orgullosa del progreso que ha alcanzado la humanidad en tan pocos decenios.
-Dominis vobis quo-.
-et cum spiritu tuum-.
ECCE TABERNACULUM DEI CUM HOMINIBUS
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