La luz de las musas se extingue en las manos mustias del herrero.
Quisiera ser madre de espíritus dignos, pero las crías se quiebran el cuello.
El chillido de las musas yermas cae sobre lo íntimo, asolando.
Cruje la madera del patíbulo, los espectros danzan incansables.
La lengua le pende sobre las rodillas, lamiendo los escombros.
Las musas armadas de acero hunden sus navíos trémulos
de encanto infantil.
Quisiera ser madre de fieras, pero lo salvaje cobra cara la osadía
de pretender ser santa entre las santas.
El chasquido del tiempo hace hervir los océanos, oscurece los cielos,
trae a los enjambres de moscas hambrientas a nutrirse
del desierto carcomido
de la piel torturada.
Los ojos de las musas son vestigios. Sin embargo, su mirada
es la pitón que deglute planetas.
El miedo inunda a los mortales en los días estivales.
Aúllan las madres desposeídas, abandonadas de su sombra.
Las que encuentran sólo vacío en el espejo encaran a la tormenta
y su fulminante deseo.
Las musas carecen de sexo, aunque lo claman, lo exigen, lo necesitan.
En el fondo del volcán, el herrero cautivo recuerda la expulsión de los océanos
y el desprecio de las musas.

nacimiento y muerte.
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