viernes, 18 de noviembre de 2011

quebrazón

¿A qué le temes,
sentada en la oscuridad?
¿A terminar hablando sola?
¿A ellas, que te susurran
desde la espalda,
lanzando sus bufidos
en tu nuca?
¿A qué?
¿A apoyar la cabeza
en una almohada
de cajas de barbitúricos?
¿A ser una muñeca desechada?
¿Al sonido constante
de las murmuraciones
que te sindican
como criminal
como ramera
como solitaria?
¿A aspirar la muerte
con cada nueva puerta
abierta al salón
de la demencia senil?
¿A acostarte abrazada
por jeringas y antídotos?
¿A ser de hielo?
¿A ser frágil e indefensa?
¿A no ser más que una broma?
¿A qué le temes, asesinada
de palabras?
¿A qué?
¿A la nada?
¿A qué le temes?
-A nada, ¿por qué-.

viernes, 4 de noviembre de 2011

XIII

Árbol ancestral
Forja de sólidos metales
Piel curtida por el aire salino
por la tormenta
por el huracán de hielo
Justos cancerberos son las manos
El odio y el miedo abandonan
el hogar primigenio
Constante gota
Torbellino de aguas profundas
Ojos hechos a la oscuridad
Animal salvaje al acecho
Derrumbes sostenidos sobre los hombros
Riesgoso camino
Coraje
Temple de acero
Flexibilidad grácil
Locura y trashumancia
Sinceridad y fuego
Libertad y estremecimiento
Ciclos lunares
Pronunciar hechizos en todas las lenguas
Verdugos víctimas son
pasto de buitres

La hormiga accidentada

Una hormiga camina por mi pierna, mientras cago. Con lápiz en la diestra, la observo incómodo por su existencia. Sin embargo, no es mi deseo eliminarla; con la parte posterior del lápiz grafito nº 2, modelo balance, marca Faber Castell, que alguna vez recogí del suelo de alguna sala olvidada, donde niñas y niños retozaban, balando, en el fango de la ignorancia, golpeo con suavidad al insecto de amplio abdomen y patas articuladas. ¡Ah!, la hormiga, vetusta creatura, ejemplo de prudencia y laboriosidad, se precipita al abismo formado por mi muslo, cuya nalga desnuda se asienta en la cobertura plástica, cálido manto de holgura, superpuesto al WC. Cuando por fin la detecto en el suelo del baño, cojea. Mi ser se duele de haber sido el causante de la pérdida de una de las extremidades de la maestra de la cigarra, la defensa contra la termita. ¡Qué crueldad me llevo a golpear a tan grandioso ser!
Hace tiempo ya, la he perdido de vista. Quizás, camina entre mis vellos o, acaso, llegó a lugares más recónditos. Quizás, malsana existencia, ha sucumbido en alguna gota empozada en la cerámica llaneza de este salón. Si hubiese muerto, ¿encontraría su cadáver, indicio claro de nuestra fragilidad?
Recuerdo que al verla cojear, me sobrecogió la desolación (no en grado sumo como cuando decidí quitarle la vida a la pobre anciana que todos los días abría su bazar sin obtener ganancia alguna, exponiendo nuevos productos que sólo servirían de tumbas a las moscas, nidos de arañas), empero surgió en mí la fe. La filosofía de la reencarnación implica una fe enraizada en la fibra nutricial del alma.

La hormiga coja da vueltas en torno a su eje. Acaso, ¿cabía a mí realizar un acto de justicia cósmica al quebrarle una extremidad a quien, ahora, en tan diminuto cuerpo pagaba las penas de una opulenta vida pasada?

Despojo: glosa sobre la banalidad

Aún se sueña con el hongo de humo que arroja la bomba nuclear. Quien despierte como André Breton se ha quedado para siempre dormido; pero, a saltos, intranquilo: un ojo puesto en el miedo y el otro en lo falso.
Alguien sueña, angustiosamente, con correr desnudo por la ciudad. Esa ciudad que es el primer sueño alienante de todo sujeto: las grietas por las que se vislumbra el vacío de experiencias recolectadas. Experiencias sumidas en el olvido por discursos de una voz homogeneizante. Lo blanqueado con lodo.
Aún salte a la vista lo oxidado, las marcas de orín de los vagabundos en las calles, todo se palpa con total indiferencia. El noticiero muestra las calles bañadas en sangre con un pie destrozado por una explosión; después de un segundo, aparece en escena el llamado publicitario a conservar la familia a través del matrimonio.
Los sujetos buscan sus héroes más allá de sí mismos; establecen rostros públicos con los cuales destacar un sistema ético que responda al recuerdo tachado. Mientras el ejército profesional se encarga de llevar a cabo la violencia con las minorías, todo un pueblo debe entonar himnos que destacan las glorias militares.
Dos mujeres ciegas con desentonada voz mascullan boleros de antaño en alguna esquina de la urbe; ellas son huellas imborrables de lo que significan nuestros nombres.
Héroes y progreso es la apuesta mercantil de los días que nos azotan. Sin embargo, tanto unos como el otro son inalcanzables, están supeditados a una mercancía, que inevitablemente ahoga a todos los consumidores por igual: la culpa. Una cultura construida sobre la denuncia de los errores ajenos que se solaza conservando las bases de cualquier atrocidad en su genocentro: la sexualidad está encarcelada, excluida del mundo cotidiano. Mas, su sombra desgarrada, que se estremece desde la condena, surge con ímpetu en las imágenes utilitarias del sujeto humano como una pura mercancía. Se ofrece “tu propio estilo” en una gigantografía donde una muchacha luce en ropa interior; apenas una niña, rostro angelical que oculta la aversión y el deseo oculto de una cultura denunciante de las “aberraciones sexuales” que aplaude lanzando piedras.
Culpa de tener diferencias: una ciudad construida sobre el temor a lo distinto. Se condena y excluye lo que no responda a los modelos: el modelo es la mercancía par excellance, como rezan las publicidades de desodorante para hombres que te transformarán en el semental imbatible. Quienes no son parte de ese modelo imbatible, quienes no consumen la mercancía con total abatimiento, son acusados de delincuencia intelectual, moral: infibuladas y castrados por la cultura de la autoflagelación. Se cuidan las espaldas de quienes portan el distingo: educan en el terror para producir la culpa de existir.
Ciudad construida sobre ruinas. Una gran ruina ostentando sobre otras múltiples ruinas, la unidad. Provocad un breve temblor para vislumbrar como se pretenden reparar fisuras milenarias con materias dúctiles, que no soportarán los embates de la fuerza develadora. ¿Desde dónde nacerá la fuerza develadora con la implacabilidad de las tambochas?
Existen grandes cementerios de recuerdos. Pasillos interminables donde los sujetos recorren buscando su prehistoria sin llegar a un punto inicial. Sin embargo, con toda la contradicción de una época, se encuentran organizados en esos pasillos: las obras de Bakunin, la pornografía, revistas de variedades, imágenes obsoletas de tiempos pasados, banderas de las SS. En un sólo cementerio se reúnen las huellas que han sido instaladas sobre otras huellas. Una máscara sobre otra, sobre esa aún otra más, hasta llevarnos hasta la carencia total de un rostro fiable, reconocible.
La humanidad corre, ululando, con grandes goterones de lágrimas rodando por su rostro yermo, con sus cuatro extremidades apoyadas en el polvo. Atraviesa la ciudad gritando, sobre su sombra se destrozan los rascacielos, se hunden los trasatlánticos, colapsan las líneas de comunicación satelital. Sólo cuando las ruinas sean inminentes será capaz de dejar de buscar las respuestas en el cielo, y observará las huellas que ha dejado en el camino.