viernes, 4 de noviembre de 2011

La hormiga accidentada

Una hormiga camina por mi pierna, mientras cago. Con lápiz en la diestra, la observo incómodo por su existencia. Sin embargo, no es mi deseo eliminarla; con la parte posterior del lápiz grafito nº 2, modelo balance, marca Faber Castell, que alguna vez recogí del suelo de alguna sala olvidada, donde niñas y niños retozaban, balando, en el fango de la ignorancia, golpeo con suavidad al insecto de amplio abdomen y patas articuladas. ¡Ah!, la hormiga, vetusta creatura, ejemplo de prudencia y laboriosidad, se precipita al abismo formado por mi muslo, cuya nalga desnuda se asienta en la cobertura plástica, cálido manto de holgura, superpuesto al WC. Cuando por fin la detecto en el suelo del baño, cojea. Mi ser se duele de haber sido el causante de la pérdida de una de las extremidades de la maestra de la cigarra, la defensa contra la termita. ¡Qué crueldad me llevo a golpear a tan grandioso ser!
Hace tiempo ya, la he perdido de vista. Quizás, camina entre mis vellos o, acaso, llegó a lugares más recónditos. Quizás, malsana existencia, ha sucumbido en alguna gota empozada en la cerámica llaneza de este salón. Si hubiese muerto, ¿encontraría su cadáver, indicio claro de nuestra fragilidad?
Recuerdo que al verla cojear, me sobrecogió la desolación (no en grado sumo como cuando decidí quitarle la vida a la pobre anciana que todos los días abría su bazar sin obtener ganancia alguna, exponiendo nuevos productos que sólo servirían de tumbas a las moscas, nidos de arañas), empero surgió en mí la fe. La filosofía de la reencarnación implica una fe enraizada en la fibra nutricial del alma.

La hormiga coja da vueltas en torno a su eje. Acaso, ¿cabía a mí realizar un acto de justicia cósmica al quebrarle una extremidad a quien, ahora, en tan diminuto cuerpo pagaba las penas de una opulenta vida pasada?

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