Los caballos libres trotan por la playa. Los caballos brincan y hacen espuma con las olas del mar. Los caballos libres son felices. Hay una yegua preñada, feliz y libre, paseando por la orilla del mar. Todo es tan bello; se respira amor y libertad. Cuando vuelvo al anochecer, enciendo una luz que está en un poste de madera que, cuando me fui, no estaba ahí; ahora se respira intranquilidad. La luz me quema los ojos, se hace de día al presionar el interruptor. Los caballos están apretados contra la montaña, aun en la playa, pero el mar y su espuma han retrocedido. Un caballo se acerca, con dolor en su rostro. Ahora se respira tristeza y hambruna. No me explico por qué hay tanto dolor en su rostro, hasta que veo la soga que le atraviesa el cuello. Tiene amarrado el cuello con una horca y de la soga de la horca, como un ancla obligatoria que le impide trotar o correr y ser feliz, pende una pesada pala de metal envejecido y oscuro con mango de madera astillada. El cuello del caballo está herido y las moscas revolotean a su alrededor. Busco a los otros caballos; todos están con sogas al cuello y palas colgando: algunos yacen tiesos, muertos sobre la arena; otros siguen deambulando, emocionalmente destruidos. El dolor y la culpa me inundan, me atenazan el alma, porque los apresaron por mi descuido. El zumbido del enjambre de moscas me hace mirar hacia un poste de madera donde, mutilada con el vientre rajado, está colgando de las patas la yegua preñada. Del vientre rajado sale el potrillo húmedo, plagado de moscas, a quien, también, le han ahorcado del mismo poste desde donde colgaron a su madre.
jueves, 15 de marzo de 2012
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