Se oyen ladrar los perros. Lleva el cuchillo para el corte preciso. Odia las muñecas adornadas con ridículos símbolos de caridad autocomplaciente. Se traga la bazofia amarga todas las mañanas.
Se deja tentar por el último resto de cocaína, por el que todos se acuchillan con las miradas dilatadas.
Sigue inmóvil sobre la cama esperando que la oscuridad le devuelva segundos perdidos o entregados por propio gusto.
Mantiene diálogos irrelevantes para tratar de obviar la voz interna que lo incita a tragarse la lengua.
Por cierto, su vida no tiene mayores sobresaltos -mucho menos, aventuras-. El único problema es que está convencido de que es un asesino a sueldo. Un pequeño animalito indefenso que cree que es un lobo. ¿O lo es? No lo sé; quizás, después de todo, el cuchillo, pronto a quitar cualquier vida, en sus manos, no sea sólo un juguete inútil. Aunque es probable que sólo sea un niño escuchando ladrar los perros. Sin duda alguna, superior a alguien no se siente; tampoco, protagonista de la más terrorífica película.
No comulga con el mundo ni con el macro-orden ni con el parlamento ni consigo mismo: eso es lo más difícil. Lo más difícil es lograr que deje de creer que es un borrón en la historia de otra persona. Lo peor va a ser convencerlo de que suelte el cuchillo cuando nos empiece a cubrir de tajos a todos. En fin, sólo se oye ladrar a los perros en la lejanía.

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