Mira
alrededor, no encaja y lo sabe, pero sigue bebiendo su cuarto schop de medio y
saborea el gusto a pito que le queda en la boca. El “Dante” es un lugar caro.
Da igual cuando pagan los amigos becados o con trabajo. El “Dante” está en el
nivel de la calle de un edificio que alguien debe saber por qué mantiene sus
departamentos vacíos: todos los pisos están así. En el día, entra la luz por
las ventanas, iluminándose paredes blancas. Por las noches, contribuyen con el
clima fantasmal que le dan a Irrarázaval los espectros de meseros errantes que
al cerrar los bares están demasiado duros para ir a dormir.
Sabe
que no encaja; quizás, estaría mejor en alguna schopería de Plaza Egaña o en
una de Las Parcelas, pero hoy invitaron los amigos becados o con trabajo y eso
no se puede desaprovechar cuando la guata ruge por un poco de alcohol más. De
todas formas, los amigos van a fastidiarse en algún momento de su silencio o de
su euforia, depende la noche y las drogas ingeridas.
Se
levanta sin tambalear para ir a mear. Descubre que el baño está pa la cagá. Una
bomba drena la cámara séptica: el tubo está en el subterráneo. Concluye que ese
tubo proviene de los departamentos fantasmas, de los baños abandonados. ¿Qué
mierda puede tapar la cámara si nadie
habita sobre el “Dante”? Suena una canción en incoherente inglés sobre amor y
hogar; entonces, se da cuenta que los meseros son efectivamente fantasmas,
seres espectrales que deambulan errantes entre Vicuña con Irrarrázaval y Plaza
Egaña; van desde el “Tequila” hasta las schoperías al lado del Teletrak, que no
solo están duros, también borrachos o que han fumado de más y sus ojos
enrojecidos solo descansan detrás de esos ventanales entumecidos de silencio y
soledad.
Vuelve
a la mesa, se calla su epifanía de mierda, ingenua y vacua. El grupo se
dispersa. Se pone a jugar a los naipes con la fortuna; cuando se acaban los
planes con letras del abecedario y los dados cargados son lanzados por una mano
huesuda, se encamina a dormir antes que los pacos se lo lleven a la cana por
vagancia. Siempre lo agarran pal hueveo. “Dónde se ha visto un borracho con
libros”; “Qué vái a ser profe, vos, cagá”; “ya, camina conchaetumadre o querís
que te forre a lumazos”. A veces prefiere guardar silencio; otras veces no
puede y termina con ojos morados y labios rotos.
Una
vez el puño en el hocico le hizo ver al paco, ancho y bruto, abriendo la
armería, sacando lacrimógenas, contándolas, ufano y risueño comentaba cómo le
iban a cascar a los mineros.
Podría
nunca acabar. Podría escupir toda la vida veneno contra los pacos, los milicos,
los pilotos de guerra, Top-gun, Sábados gigantes y el supermercado de la
esquina.
Otro
golpe en la cara le rompe el pómulo y ve nítida la perra atropellada a la
orilla de la calle; inútil, la recoge aún con aliento, bota sangre por el
hocico quebrado. Es demasiado joven y no sabe qué hacer. Pasa una radiopatrulla
y los pacos paran, le preguntan, lo ayudan, llevan a la perra a la veterinaria
del consultorio de La Faena: la doctora le pregunta si tiene plata para
operarla. ¿De a dónde chucha un pendejo va a sacar lucas para eso? Dice que no y
le meten anestesia hasta provocarle un paro cardíaco. Los pacos se van.
Una patada en las
costillas lo devuelve a la realidad. Solo es un par de schop en el “Dante”,
invitado por los amigos becados o con trabajo.
