viernes, 8 de julio de 2016

HOCICO DE PERRA

Mira alrededor, no encaja y lo sabe, pero sigue bebiendo su cuarto schop de medio y saborea el gusto a pito que le queda en la boca. El “Dante” es un lugar caro. Da igual cuando pagan los amigos becados o con trabajo. El “Dante” está en el nivel de la calle de un edificio que alguien debe saber por qué mantiene sus departamentos vacíos: todos los pisos están así. En el día, entra la luz por las ventanas, iluminándose paredes blancas. Por las noches, contribuyen con el clima fantasmal que le dan a Irrarázaval los espectros de meseros errantes que al cerrar los bares están demasiado duros para ir a dormir.
Sabe que no encaja; quizás, estaría mejor en alguna schopería de Plaza Egaña o en una de Las Parcelas, pero hoy invitaron los amigos becados o con trabajo y eso no se puede desaprovechar cuando la guata ruge por un poco de alcohol más. De todas formas, los amigos van a fastidiarse en algún momento de su silencio o de su euforia, depende la noche y las drogas ingeridas.
Se levanta sin tambalear para ir a mear. Descubre que el baño está pa la cagá. Una bomba drena la cámara séptica: el tubo está en el subterráneo. Concluye que ese tubo proviene de los departamentos fantasmas, de los baños abandonados. ¿Qué mierda puede tapar  la cámara si nadie habita sobre el “Dante”? Suena una canción en incoherente inglés sobre amor y hogar; entonces, se da cuenta que los meseros son efectivamente fantasmas, seres espectrales que deambulan errantes entre Vicuña con Irrarrázaval y Plaza Egaña; van desde el “Tequila” hasta las schoperías al lado del Teletrak, que no solo están duros, también borrachos o que han fumado de más y sus ojos enrojecidos solo descansan detrás de esos ventanales entumecidos de silencio y soledad.
Vuelve a la mesa, se calla su epifanía de mierda, ingenua y vacua. El grupo se dispersa. Se pone a jugar a los naipes con la fortuna; cuando se acaban los planes con letras del abecedario y los dados cargados son lanzados por una mano huesuda, se encamina a dormir antes que los pacos se lo lleven a la cana por vagancia. Siempre lo agarran pal hueveo. “Dónde se ha visto un borracho con libros”; “Qué vái a ser profe, vos, cagá”; “ya, camina conchaetumadre o querís que te forre a lumazos”. A veces prefiere guardar silencio; otras veces no puede y termina con ojos morados y labios rotos.
Una vez el puño en el hocico le hizo ver al paco, ancho y bruto, abriendo la armería, sacando lacrimógenas, contándolas, ufano y risueño comentaba cómo le iban a cascar a los mineros.
Podría nunca acabar. Podría escupir toda la vida veneno contra los pacos, los milicos, los pilotos de guerra, Top-gun, Sábados gigantes y el supermercado de la esquina.
Otro golpe en la cara le rompe el pómulo y ve nítida la perra atropellada a la orilla de la calle; inútil, la recoge aún con aliento, bota sangre por el hocico quebrado. Es demasiado joven y no sabe qué hacer. Pasa una radiopatrulla y los pacos paran, le preguntan, lo ayudan, llevan a la perra a la veterinaria del consultorio de La Faena: la doctora le pregunta si tiene plata para operarla. ¿De a dónde chucha un pendejo va a sacar lucas para eso? Dice que no y le meten anestesia hasta provocarle un paro cardíaco. Los pacos se van.
Una patada en las costillas lo devuelve a la realidad. Solo es un par de schop en el “Dante”, invitado por los amigos becados o con trabajo.

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