Zurcir los ya remendados miembros de muñeco de trapo sucio; relleno no de inútiles retazos de tejidos, sino de ansiolíticos y anestésicos.
Cantar con rota garganta de alcoholizado Pin Pon lastimeras melodías que animen los entumecidos sentimientos de infantes traumatizados por dictaduras que se prolongan en el tiempo como enfermedades incurables.
Llorar sobre la tumba de la puta cabrona vieja que nunca fue nombrada madre porque el odio te refulge en el hocico cada vez que recuerdas que te entregó al sacerdote millonario que te enclaustró en una caja de torturas de colores y violaciones en primer plano.
Ir tras el reguero de animales exorcizados en la autopista de alta velocidad, limpiando el desastre que dejan tras de sí, con las babas colgando, los guturales que se agitan tras el volante de la gloriosa máquina a combustión que les llena de orgullo el hueco vacío donde las Escrituras señalan que está ubicada el alma.
Pretender sacar la cabeza a flote, aunque sea para probar una última bocanada de aire intoxicante, cuando ya los cardúmenes de sílfides vengan a danzar la devoradora rutina alrededor de la viscosidad escarlata que llamaste cuerpo con ostensible gesto de apropiación.
Zurcir sin poder coger la aguja con los muñones atroces que te coronan las huesudas muñecas.
Cantar sin ton ni son roncas promesas de amor y entrega total.
Comprender sin dilaciones que el músculo en el costado izquierdo no será atravesado por lanza alguna.
¡Qué los cuervos te arranquen la lengua!

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