martes, 11 de octubre de 2016

DULCES ESPONSALES

Amanece. Plaza Italia. Por fin pasan micros. Está cagao de frío. Sucio. Meado. Tufo a cenicero y cantina. Manchas de labial rosa en el hocico, en el cuello, en las mangas. Pelos de peluca. Sopla un viento helado. Tiene la mochila en la espalda como una seguridad de que no está tan perdido. Nunca se dijeron los nombres. En los bolsillos quedan las cosas justas. No tiene ni uno.
Un hombre triste le comparte un último cigarro caldeado. Llora, hablando de sus hijos distantes. No puede pagar ni la pensión alimenticia ni el pasaje de vuelta a Talca.
Es la quinta vuelta por el barrio Bellavista. Cada vez lo miran con más intriga. Busca con recelo. La hora del alba ha comenzado. Se acabó el amor y el dinero. En la cabezota, la espuma excesiva de la cerveza y la falopa metida por la ñata siguen haciendo estragos. Tiene recortes de imágenes, fotografías extraviadas de memoria, diálogos a medias entre la ahora exesposa travesti, su no-prima y el danzarín profesor de letras, que vendría a ser lo más cercano a él mismo.
Bailan apretándose. Se tocan y besan. Ella le muerde el cuello. Él le toca el paquete que la biología o dios o la mierda de suerte le puso en la zona sexual. Ella se retira y lo reta. Él le dice que no importa. Ella le dice que lo ama, que es lindo y tierno. Él le entrega todo, aunque son solo basuras materiales como la tarjeta bancaria con la clave. Ella le dice que no es una puta. Él la trata de estrechar de nuevo. Ella lo perdona. Él se emborracha más y más. Ella desaparece, después de que él le dice que es un monstruo solitario arrojado al mundo decadente donde el amor es una ilusión de mierda que une a los seres humanos por una necesidad enfermiza. Ella le dice que la asusta. Él es un saco de hueas que le rompe el corazón a la única travesti que lo ha pescado con un discurso basura de poeta maldito.
El guardia lo revisa protocolarmente; le anuncia que es una disco gay. Tiene cara de pajarito nuevo. Las amigas recientes lo esperan adentro.
Cocaína. Dónde. Aquí. Quién tiene. Ese. 10 lucas. ¿Quieren? Se la tira toda. ¿Por qué haces eso, mi amor? Yo solo fumo marihuana. Ya fue. Duro. No importa nada.
La va siguiendo desde Plaza Italia por Pío Nono. Pregunta estúpidamente si sabe dónde venden cigarros. Ella con mentón cuadrado y mucho de masculino, le dice que no. La encuentra hermosa. La deja continuar su camino. La vuelve a seguir. Otra pregunta estúpida. Ella lo mira con detención y cierto interés. Él no sabe sonreír pero logra verse algo sensual. Ella lo guía a través de la noche. Él la sigue hasta que consigue que ella y su amiga acepten beber una mínima cerveza.
Medianoche. Los cabros se despiden con abrazos fraternos afuera de la casa central de la Católica. Ha sido un día lleno de actividades académicas. Pa la casa po, hueón. Sí po, obvio. Ya fue suficiente por hoy. No te volvái loco po, hueón. No pasa ná, hermano. Todo bien. Estoy raja. Sí, yo igual. Directo para la casa.

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