Amanece. Plaza
Italia. Por fin pasan micros. Está cagao de frío. Sucio. Meado. Tufo a cenicero
y cantina. Manchas de labial rosa en el hocico, en el cuello, en las mangas.
Pelos de peluca. Sopla un viento helado. Tiene la mochila en la espalda como
una seguridad de que no está tan perdido. Nunca se dijeron los nombres. En los
bolsillos quedan las cosas justas. No tiene ni uno.
Un hombre triste
le comparte un último cigarro caldeado. Llora, hablando de sus hijos distantes.
No puede pagar ni la pensión alimenticia ni el pasaje de vuelta a Talca.
Es la quinta
vuelta por el barrio Bellavista. Cada vez lo miran con más intriga. Busca con
recelo. La hora del alba ha comenzado. Se acabó el amor y el dinero. En la
cabezota, la espuma excesiva de la cerveza y la falopa metida por la ñata
siguen haciendo estragos. Tiene recortes de imágenes, fotografías extraviadas
de memoria, diálogos a medias entre la ahora exesposa travesti, su no-prima y
el danzarín profesor de letras, que vendría a ser lo más cercano a él mismo.
Bailan
apretándose. Se tocan y besan. Ella le muerde el cuello. Él le toca el paquete
que la biología o dios o la mierda de suerte le puso en la zona sexual. Ella se
retira y lo reta. Él le dice que no importa. Ella le dice que lo ama, que es
lindo y tierno. Él le entrega todo, aunque son solo basuras materiales como la
tarjeta bancaria con la clave. Ella le dice que no es una puta. Él la trata de
estrechar de nuevo. Ella lo perdona. Él se emborracha más y más. Ella
desaparece, después de que él le dice que es un monstruo solitario arrojado al
mundo decadente donde el amor es una ilusión de mierda que une a los seres
humanos por una necesidad enfermiza. Ella le dice que la asusta. Él es un saco
de hueas que le rompe el corazón a la única travesti que lo ha pescado con un
discurso basura de poeta maldito.
El guardia lo
revisa protocolarmente; le anuncia que es una disco gay. Tiene cara de pajarito
nuevo. Las amigas recientes lo esperan adentro.
Cocaína. Dónde.
Aquí. Quién tiene. Ese. 10 lucas. ¿Quieren? Se la tira toda. ¿Por qué haces
eso, mi amor? Yo solo fumo marihuana. Ya fue. Duro. No importa nada.
La va siguiendo
desde Plaza Italia por Pío Nono. Pregunta estúpidamente si sabe dónde venden
cigarros. Ella con mentón cuadrado y mucho de masculino, le dice que no. La
encuentra hermosa. La deja continuar su camino. La vuelve a seguir. Otra pregunta
estúpida. Ella lo mira con detención y cierto interés. Él no sabe sonreír pero
logra verse algo sensual. Ella lo guía a través de la noche. Él la sigue hasta
que consigue que ella y su amiga acepten beber una mínima cerveza.
Medianoche.
Los cabros se despiden con abrazos fraternos afuera de la casa central de la Católica. Ha sido un día lleno de actividades académicas. Pa la casa po, hueón.
Sí po, obvio. Ya fue suficiente por hoy. No te volvái loco po, hueón. No pasa
ná, hermano. Todo bien. Estoy raja. Sí, yo igual. Directo para la casa.

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