martes, 13 de febrero de 2018

EL DÍA DEL CRIMEN SIN PRECEDENTES

El dormitorio está en el patio.
El patio es de cemento y tierra roja,
mezclados.
¡No lo pises descalzo!, me gritas.
Eres mi hermana, madre, compañera,
amante, hija, sobrina,
colega, amiga
y no eres de mí
y no eres yo
y yo no soy tú
solo una silueta soy
en tu cuarto de luz.
Demasiado tarde adviertes
a la muchacha
que no pise
ese suelo de rojo y cemento
gastado y descolorido.
Ha atravesado el umbral
de la desvencijada puerta
ocre
de madera destartalada
y barniz descascarado.
Pisa fuerte
y del suelo de ese patio techado
donde está nuestro lecho,
tal que un gusano
o un picoroco
o un perrito de la pradera
emerge,
sí, emerge
la afilada punta de una hoja
de cuchillo;
destella, penetra la carne del pie
y retrocede.
La siguiente pisada
activa
la trampa voraz
y otro destello argénteo,
metálico,
casi quirúrgico
asciende desde el suelo
y penetra la carne
del pie, asomando por el empeine.
No puedo contener mis gritos de espanto,
pero son mudos:
no se escuchan
entre las tablas y los tarros de pintura
que adornan el dormitorio
en el patio entierrado.
Sin sangrar,
con los pies atravesados por los bisturíes
emergentes,
te acercas al colchón
sucio y raído
que es tu tálamo.
¡No te cargues con fuerza
sobre el colchón!
Otra vez la advertencia es tardía.
Ahora son las manos
las atravesadas por cuchillas
que emergen,
retráctiles,
desde el fondo del colchón.
¿Qué trampa perversa es esta
que nos han tendido?
¿Quién eres? ¡Dímelo!
No comprendo tus gestos
de amor y desprecio
ni por qué caminamos
junto a tu esposo muerto.
¡No te cargues con fuerza
sobre el colchón raído!
Otra vez las manos
son acuchilladas
por las navajas retráctiles
que se asoman y se ocultan.
¡Hay que atraparlas!, me indicas.
Iniciamos la cacería
de los afilados destellos.
Con un blanco lápiz de blanco color
embadurnamos el colchón con una poción secreta,
preparada en cualquier fuente de miserable plástico,
describiendo curvas
que dibujan eternos
666 666 666 666 666 666 666
sobre la cama manchada
de orines y heces.
Este ejercicio hace aflorar
las huellas de vengativos e implacables
crímenes que desconocíamos.
Se hacen visibles
viejas y secretas marcas de sangre
que muestran sin ton ni son
una escritura maligna.
Las cuchillas danzan, entonces:
ascienden y descienden,
emergen y se ocultan.
Asoman sus puntas afiladas;
en el preciso instante de sumergirse,
las cazamos.
Las cogemos de las puntas,
las tiramos con fuerza,
desgarrándolas de su concha.
Al sacarlas, contamos hojas de cuchillos sin mango,
brillantes y afiladas;
hojas de tijeras, plateadas, relucientes y punzantes;
bisturíes anchos como puntas de lanza;
punzones, puntas de espadas;
metales como hojas de ciruelo,
tan refulgentes y lacerantes
que solo podemos temer.
El lecho es una trampa
de mutilaciones sin cicatrices.

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