El
dormitorio está en el patio.
El
patio es de cemento y tierra roja,
mezclados.
¡No
lo pises descalzo!, me gritas.
Eres
mi hermana, madre, compañera,
amante,
hija, sobrina,
colega,
amiga
y no
eres de mí
y no
eres yo
y yo
no soy tú
solo
una silueta soy
en
tu cuarto de luz.
Demasiado
tarde adviertes
a la
muchacha
que
no pise
ese
suelo de rojo y cemento
gastado
y descolorido.
Ha
atravesado el umbral
de la
desvencijada puerta
ocre
de
madera destartalada
y
barniz descascarado.
Pisa
fuerte
y del
suelo de ese patio techado
donde
está nuestro lecho,
tal
que un gusano
o un
picoroco
o un
perrito de la pradera
emerge,
sí,
emerge
la
afilada punta de una hoja
de cuchillo;
destella,
penetra la carne del pie
y
retrocede.
La
siguiente pisada
activa
la
trampa voraz
y
otro destello argénteo,
metálico,
casi
quirúrgico
asciende
desde el suelo
y
penetra la carne
del
pie, asomando por el empeine.
No
puedo contener mis gritos de espanto,
pero
son mudos:
no se
escuchan
entre
las tablas y los tarros de pintura
que
adornan el dormitorio
en
el patio entierrado.
Sin
sangrar,
con
los pies atravesados por los bisturíes
emergentes,
te
acercas al colchón
sucio
y raído
que
es tu tálamo.
¡No
te cargues con fuerza
sobre
el colchón!
Otra
vez la advertencia es tardía.
Ahora
son las manos
las
atravesadas por cuchillas
que
emergen,
retráctiles,
desde
el fondo del colchón.
¿Qué
trampa perversa es esta
que
nos han tendido?
¿Quién
eres? ¡Dímelo!
No
comprendo tus gestos
de
amor y desprecio
ni
por qué caminamos
junto
a tu esposo muerto.
¡No
te cargues con fuerza
sobre
el colchón raído!
Otra
vez las manos
son
acuchilladas
por
las navajas retráctiles
que
se asoman y se ocultan.
¡Hay
que atraparlas!, me indicas.
Iniciamos
la cacería
de
los afilados destellos.
Con
un blanco lápiz de blanco color
embadurnamos
el colchón con una poción secreta,
preparada
en cualquier fuente de miserable plástico,
describiendo
curvas
que
dibujan eternos
666
666 666 666 666 666 666
sobre
la cama manchada
de
orines y heces.
Este
ejercicio hace aflorar
las
huellas de vengativos e implacables
crímenes
que desconocíamos.
Se
hacen visibles
viejas
y secretas marcas de sangre
que
muestran sin ton ni son
una
escritura maligna.
Las
cuchillas danzan, entonces:
ascienden
y descienden,
emergen
y se ocultan.
Asoman
sus puntas afiladas;
en
el preciso instante de sumergirse,
las
cazamos.
Las
cogemos de las puntas,
las
tiramos con fuerza,
desgarrándolas
de su concha.
Al
sacarlas, contamos hojas de cuchillos sin mango,
brillantes
y afiladas;
hojas
de tijeras, plateadas, relucientes y punzantes;
bisturíes
anchos como puntas de lanza;
punzones,
puntas de espadas;
metales
como hojas de ciruelo,
tan
refulgentes y lacerantes
que
solo podemos temer.
El
lecho es una trampa
de mutilaciones sin
cicatrices.

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