domingo, 20 de enero de 2019

AMANTE ALCOHOL

Los borrachos nos meamos en los pantalones.
A esas alturas, ya nada importa.
Le inyectamos dosis sucesivas de violencia víctima a las relaciones.
A todas las relaciones.
Los borrachos sabemos lo que hacemos;
conscientemente alcohólicos
sufrimos el eterno déja vú
de mezquina vida miserable
como todos los otros hombres
pero con más lágrimas y culpas,
más golpes contra las murallas,
más gritos incomprensibles de quejas de incomprensión, abandono y vacío.
Los borrachos, algunos, somos buenos tipos.
Trabajadores y amorosos, perversos y reprimidos.
A veces, de enferma locura tocados
peleamos a combos con postes
y le gritamos a la taza del water
nuestras ofensas sicóticas
a la pareja amada que,
cada día un poco más,
apaga cualquier amor por nosotros,
pasando de la lástima
a mandarnos a la mierda,
como corresponde.
Ciegos de borrachos
no queremos ver
que el amor no es ni remotamente
una comprensión a toda prueba
de los vicios desastrosos
que destruyen hasta la capacidad
del esfínter.
Llenamos de violencia doméstica,
el espacio del cariño
que ya apesta a alcohol, orines
y piel estilo "perro mojado".
Los borrachos transitamos,
sin pena ni gloria,
como héroes paternales y asesinos
como amantes ridículos y quejumbrosos
como hijos hipócritas
como falsos santos llorones,
transitamos de un lado a otro
extraviados e incoherentes
en extenuante búsqueda
de eso que dejamos al fondo de una botella
sobre una decadente poza de orines, sangre de estupidez y lágrimas de "cocodrilo".

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