–¿Te acuerdas del olor a sexo?–.
–¿A qué?–.
–A sexo–.
–¿Se puede generalizar y plantear “un” olor a sexo, así como se genera el concepto “árbol”?–.
–No lo sé, acaso ¿está constituido por secuencias de recuerdos de momentos particulares y específicos, únicos, que al abstraerlos dan la noción “olor a sexo”?–.
–Pero, ¿es categorizable? Más aún, ¿en qué consiste?, ¿en la fusión de los olores de los fluidos femeninos y masculinos?–.
–¿Almendras y brotes de árboles en la época de Luna fría?–.
–Sigo sin acceder a la noción, a la categoría; ¿será posible que “olor a sexo” adopte las características de un nombre propio?–.
–¿Algo así como una relación de igualdad?, ¿un “colgador de descripciones”–.
–“Olor a sexo” es “olor a sexo”–.
–No puedes resolverlo con una tautología insignificante–.
–Entonces, ¿existe o no el “olor a sexo” como abstracción?–.
–Sí, existe–.
–¿Echaría por tierra, esa conclusión, la creencia de la individualidad y la unicidad de lxs amantxs?–.
–No, porque cada “olor a sexo” es particular e irrepetible–.
–Sin embargo, para construir la abstracción y generar el concepto se requiere que “olor a sexo” posea propiedades necesarias (constituyentes, discernibles a priori o a posteriori) y contingentes (sin que, por ello, sean accesorias)–.
–¿Son esas propiedades contingentes las que le dan los colores propios a la categoría “olor a sexo”?–.
–Al parecer sí y esta conversación se ha vuelto de Pero Grullo–.
–Sólo quiero recordar–.
–No pierdes la memoria; “olor a sexo” es una categoría, una abstracción. Por lo tanto, se puede transformar en un referente para construir una ficción–.
–O para poblar la memoria de ensoñaciones–.
–¿La memoria o la imaginación? –.
–La memoria, ¿de experiencias acontecidas?–.
–La imaginación, ¿de abstracciones maquilladas de particularidades tomadas de los referentes del mundo?–.
–IMAGO MUNDI–.
–BLACK OUT–.
jueves, 16 de septiembre de 2010
sábado, 4 de septiembre de 2010
Una noche, tus sueños
En la tarde. Sentada sobre la mesa, le hablas al pasar. Te gusta, él lo siente; tú no, aunque quisiera. Sin embargo, se acerca. En segundos ya está abrazándote, metido entre tus piernas. Sigues sobre la mesa, él aún no aparece. Lo miras a los ojos y te besa el cuello; te lo llevas al poblado baño. Quieres hacer tu propia porno, pero tú ya no eres tú, eres otra. Como a un infante lo haces orinar, sosteniéndole el erecto viril. Pero, te das cuenta que sí es un niño y te da miedo. Ahora es un hombre, mayor que tú; podría ser tu padre. Le sueltas la verga que mea semen. Él llora y se avergüenza. Tú ya no eres tú, eres otra. Lo desafías con palabras graves de terapia hiriente. El niño, hombre, padre, eyaculador precoz, llora más y ve fracasar su propia porno que era la tuya. Una espectadora compungida pregunta si fue su culpa. Tú no respondes.
A los pies de la escalera, tú, que ya no eres otra, sino otra, lo ves pasar, lo interceptas, lo presentas a tu amigo. Todo se congela. A los pies de la escalera, cientos de espectadores transitan con prisa. A tu espalda, el amigo. Frente a ti, él. Sigue el silencio y sostienes su mirada, esperando algún gesto. Él no hará nada. Dudas. ¿Te atreves o no? Entonces, llega el momento de partir. Lo abrazas, se besan en la mejilla. Buscas sus labios y lo sorprendes. Le metes la lengua en la boca. Él la siente en su lengua: rápida, afilada, porosa, áspera. Lo miras pavorosa, rogándole con los ojos que sea discreto. Nada de esto debe saberlo el amigo a tus espaldas. Él se obliga a guardar silencio, pero no logra reprimirse un gesto de cariño. Ella lo rechaza con violencia como a un extraño. Él se arroga el derecho de odiar. El amigo se acerca, fiera agazapada, y susurra, imperceptiblemente, sonando sólo entre las sienes de él, “se notó”. Él se resquebraja, se destroza. Tú, tú simplemente saliste de escena, usando las escaleras.
A los pies de la escalera, tú, que ya no eres otra, sino otra, lo ves pasar, lo interceptas, lo presentas a tu amigo. Todo se congela. A los pies de la escalera, cientos de espectadores transitan con prisa. A tu espalda, el amigo. Frente a ti, él. Sigue el silencio y sostienes su mirada, esperando algún gesto. Él no hará nada. Dudas. ¿Te atreves o no? Entonces, llega el momento de partir. Lo abrazas, se besan en la mejilla. Buscas sus labios y lo sorprendes. Le metes la lengua en la boca. Él la siente en su lengua: rápida, afilada, porosa, áspera. Lo miras pavorosa, rogándole con los ojos que sea discreto. Nada de esto debe saberlo el amigo a tus espaldas. Él se obliga a guardar silencio, pero no logra reprimirse un gesto de cariño. Ella lo rechaza con violencia como a un extraño. Él se arroga el derecho de odiar. El amigo se acerca, fiera agazapada, y susurra, imperceptiblemente, sonando sólo entre las sienes de él, “se notó”. Él se resquebraja, se destroza. Tú, tú simplemente saliste de escena, usando las escaleras.
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