En la tarde. Sentada sobre la mesa, le hablas al pasar. Te gusta, él lo siente; tú no, aunque quisiera. Sin embargo, se acerca. En segundos ya está abrazándote, metido entre tus piernas. Sigues sobre la mesa, él aún no aparece. Lo miras a los ojos y te besa el cuello; te lo llevas al poblado baño. Quieres hacer tu propia porno, pero tú ya no eres tú, eres otra. Como a un infante lo haces orinar, sosteniéndole el erecto viril. Pero, te das cuenta que sí es un niño y te da miedo. Ahora es un hombre, mayor que tú; podría ser tu padre. Le sueltas la verga que mea semen. Él llora y se avergüenza. Tú ya no eres tú, eres otra. Lo desafías con palabras graves de terapia hiriente. El niño, hombre, padre, eyaculador precoz, llora más y ve fracasar su propia porno que era la tuya. Una espectadora compungida pregunta si fue su culpa. Tú no respondes.
A los pies de la escalera, tú, que ya no eres otra, sino otra, lo ves pasar, lo interceptas, lo presentas a tu amigo. Todo se congela. A los pies de la escalera, cientos de espectadores transitan con prisa. A tu espalda, el amigo. Frente a ti, él. Sigue el silencio y sostienes su mirada, esperando algún gesto. Él no hará nada. Dudas. ¿Te atreves o no? Entonces, llega el momento de partir. Lo abrazas, se besan en la mejilla. Buscas sus labios y lo sorprendes. Le metes la lengua en la boca. Él la siente en su lengua: rápida, afilada, porosa, áspera. Lo miras pavorosa, rogándole con los ojos que sea discreto. Nada de esto debe saberlo el amigo a tus espaldas. Él se obliga a guardar silencio, pero no logra reprimirse un gesto de cariño. Ella lo rechaza con violencia como a un extraño. Él se arroga el derecho de odiar. El amigo se acerca, fiera agazapada, y susurra, imperceptiblemente, sonando sólo entre las sienes de él, “se notó”. Él se resquebraja, se destroza. Tú, tú simplemente saliste de escena, usando las escaleras.
A los pies de la escalera, tú, que ya no eres otra, sino otra, lo ves pasar, lo interceptas, lo presentas a tu amigo. Todo se congela. A los pies de la escalera, cientos de espectadores transitan con prisa. A tu espalda, el amigo. Frente a ti, él. Sigue el silencio y sostienes su mirada, esperando algún gesto. Él no hará nada. Dudas. ¿Te atreves o no? Entonces, llega el momento de partir. Lo abrazas, se besan en la mejilla. Buscas sus labios y lo sorprendes. Le metes la lengua en la boca. Él la siente en su lengua: rápida, afilada, porosa, áspera. Lo miras pavorosa, rogándole con los ojos que sea discreto. Nada de esto debe saberlo el amigo a tus espaldas. Él se obliga a guardar silencio, pero no logra reprimirse un gesto de cariño. Ella lo rechaza con violencia como a un extraño. Él se arroga el derecho de odiar. El amigo se acerca, fiera agazapada, y susurra, imperceptiblemente, sonando sólo entre las sienes de él, “se notó”. Él se resquebraja, se destroza. Tú, tú simplemente saliste de escena, usando las escaleras.

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