jueves, 23 de diciembre de 2010
matinal de amor truncado
Los púrpuras dedos de Aurora se extienden por todos los confines de Gea. Acaricia su silueta, jamás llega a palparla.
martes, 21 de diciembre de 2010
Redemptio redemptionis
No bebe del Leteo; tampoco miraría por sobre el hombro al olvido. La Luna sanguínea saluda al solsticio: es el tiempo de abrir las fauces y expulsar a las crías que se gestan en su lengua. Disipar las nieblas.
¿En qué travesía, Fortuna, los depositas? ¿Hacia dónde dirigen la errante existencia, con su mezquina temporalidad?
Abrir las fauces, pariendo sin conmoción, sin compañía, sin comprensión.
Se dirigen hacia las sombras; retornan a la luz. Ya no van a tientas ni ensueñan. Retornan a lo oscuro y misterioso del día radiante. Se alimentan del fulgor de la llama ígnea.
No hay cilicios no hay látigos no hay doncellas: caen bajo la dentellada certera.
Rota la bolsa, el líquido amniótico desperdigado. Se nutren, vagina y falo, del placer de la tierra húmeda de lombrices y escarabajos.
No es necesario beber del Leteo, ahora que el laberinto de Dédalo es un espacio abierto que muestra los verdaderos caminos intrincados que antes escondían los muros.
Llevan crucifijos clavados en los labios; los escupen, para que crezcan en sus bocas crisantemos de sangre y agua.
¿En qué travesía, Fortuna, los depositas? ¿Hacia dónde dirigen la errante existencia, con su mezquina temporalidad?
Abrir las fauces, pariendo sin conmoción, sin compañía, sin comprensión.
Se dirigen hacia las sombras; retornan a la luz. Ya no van a tientas ni ensueñan. Retornan a lo oscuro y misterioso del día radiante. Se alimentan del fulgor de la llama ígnea.
No hay cilicios no hay látigos no hay doncellas: caen bajo la dentellada certera.
Rota la bolsa, el líquido amniótico desperdigado. Se nutren, vagina y falo, del placer de la tierra húmeda de lombrices y escarabajos.
No es necesario beber del Leteo, ahora que el laberinto de Dédalo es un espacio abierto que muestra los verdaderos caminos intrincados que antes escondían los muros.
Llevan crucifijos clavados en los labios; los escupen, para que crezcan en sus bocas crisantemos de sangre y agua.
La travesía inconclusa del tiempo queda como una huella perenne, tatuada en los huesos. Fortuna sonríe, mientras acontece el renacer de las tormentas, los vendavales y el estiércol.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Estación Terminal
Animal muerto en el hocico. Los pétalos de rosas carmesí revueltos con la basura son agitados por el viento, se pegan a las piernas: sanguijuelas. Exhibición de hielo en la boca. Las manchas de aceite en la calzada y los condones usados que habitan la cálida atmósfera. El vendaval no te revuelve el grasiento cabello.
La sangre sobre el miembro; la sangre del miembro. La cansada vagina tersa como el primer día.
Otra vez roto en el terror cavado: el orgulloso espanto frente al agua oscura.
Estrechar la mano del que encierra a gitanos. Calabozos con olor a pies quebrados.
El vendaval se agita entre los árboles, hace crujir las murallas, tensa las techumbres y ulula entre los escombros.
El mapa no sirve de guía. Asterión sigue perdido en el laberinto. Ariadna no tiene hilo ni laberinto ni Teseo ni deseo. Asterión no tiene Asterión.
Siempre despreció. Huyó. En el festival de colores de las hortalizas encontró breve sonrisa. Hacen falta formularios, timbres, protocolos, procedimientos, decálogos, legislaciones, instructivos, manuales, folios, para llegar a sentir. Al fin y al cabo, en amar a todo el mundo no hay propósito.
La sangre tierna regada por la habitación, por los muslos, por la Tierra, por la cuenca seca del Bío–Bío. Inflamados los pies, sin pena ni gloria, luchan por salir de la ciénaga.
La corbata pende de cabeza desde la viga, susurrante sostiene a lo que era la fábrica de esperanzas. (Mamá, ¿por qué el caballero se columpia con la lengua afuera? Mamá, ¡mira!, tiene el pantalón manchado).
La sangre sobre el miembro; la sangre del miembro. La cansada vagina tersa como el primer día.
Otra vez roto en el terror cavado: el orgulloso espanto frente al agua oscura.
Estrechar la mano del que encierra a gitanos. Calabozos con olor a pies quebrados.
El vendaval se agita entre los árboles, hace crujir las murallas, tensa las techumbres y ulula entre los escombros.
El mapa no sirve de guía. Asterión sigue perdido en el laberinto. Ariadna no tiene hilo ni laberinto ni Teseo ni deseo. Asterión no tiene Asterión.
Siempre despreció. Huyó. En el festival de colores de las hortalizas encontró breve sonrisa. Hacen falta formularios, timbres, protocolos, procedimientos, decálogos, legislaciones, instructivos, manuales, folios, para llegar a sentir. Al fin y al cabo, en amar a todo el mundo no hay propósito.
La sangre tierna regada por la habitación, por los muslos, por la Tierra, por la cuenca seca del Bío–Bío. Inflamados los pies, sin pena ni gloria, luchan por salir de la ciénaga.
La corbata pende de cabeza desde la viga, susurrante sostiene a lo que era la fábrica de esperanzas. (Mamá, ¿por qué el caballero se columpia con la lengua afuera? Mamá, ¡mira!, tiene el pantalón manchado).
Las madres se vanaglorian de la inocencia de sus marranos; creen que nunca, sangre de su sangre, romperán la palabra empeñada al nacer.
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