miércoles, 15 de diciembre de 2010

Estación Terminal

Animal muerto en el hocico. Los pétalos de rosas carmesí revueltos con la basura son agitados por el viento, se pegan a las piernas: sanguijuelas. Exhibición de hielo en la boca. Las manchas de aceite en la calzada y los condones usados que habitan la cálida atmósfera. El vendaval no te revuelve el grasiento cabello.
La sangre sobre el miembro; la sangre del miembro. La cansada vagina tersa como el primer día.
Otra vez roto en el terror cavado: el orgulloso espanto frente al agua oscura.
Estrechar la mano del que encierra a gitanos. Calabozos con olor a pies quebrados.
El vendaval se agita entre los árboles, hace crujir las murallas, tensa las techumbres y ulula entre los escombros.
El mapa no sirve de guía. Asterión sigue perdido en el laberinto. Ariadna no tiene hilo ni laberinto ni Teseo ni deseo. Asterión no tiene Asterión.
Siempre despreció. Huyó. En el festival de colores de las hortalizas encontró breve sonrisa. Hacen falta formularios, timbres, protocolos, procedimientos, decálogos, legislaciones, instructivos, manuales, folios, para llegar a sentir. Al fin y al cabo, en amar a todo el mundo no hay propósito.
La sangre tierna regada por la habitación, por los muslos, por la Tierra, por la cuenca seca del Bío–Bío. Inflamados los pies, sin pena ni gloria, luchan por salir de la ciénaga.
La corbata pende de cabeza desde la viga, susurrante sostiene a lo que era la fábrica de esperanzas. (Mamá, ¿por qué el caballero se columpia con la lengua afuera? Mamá, ¡mira!, tiene el pantalón manchado).
Las madres se vanaglorian de la inocencia de sus marranos; creen que nunca, sangre de su sangre, romperán la palabra empeñada al nacer.

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