martes, 21 de diciembre de 2010

Redemptio redemptionis

No bebe del Leteo; tampoco miraría por sobre el hombro al olvido. La Luna sanguínea saluda al solsticio: es el tiempo de abrir las fauces y expulsar a las crías que se gestan en su lengua. Disipar las nieblas.
¿En qué travesía, Fortuna, los depositas? ¿Hacia dónde dirigen la errante existencia, con su mezquina temporalidad?
Abrir las fauces, pariendo sin conmoción, sin compañía, sin comprensión.
Se dirigen hacia las sombras; retornan a la luz. Ya no van a tientas ni ensueñan. Retornan a lo oscuro y misterioso del día radiante. Se alimentan del fulgor de la llama ígnea.
No hay cilicios no hay látigos no hay doncellas: caen bajo la dentellada certera.
Rota la bolsa, el líquido amniótico desperdigado. Se nutren, vagina y falo, del placer de la tierra húmeda de lombrices y escarabajos.
No es necesario beber del Leteo, ahora que el laberinto de Dédalo es un espacio abierto que muestra los verdaderos caminos intrincados que antes escondían los muros.
Llevan crucifijos clavados en los labios; los escupen, para que crezcan en sus bocas crisantemos de sangre y agua.
La travesía inconclusa del tiempo queda como una huella perenne, tatuada en los huesos. Fortuna sonríe, mientras acontece el renacer de las tormentas, los vendavales y el estiércol.

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