Cuando abrió su negocio, el carnicero del barrio se percató que, otra vez, habían agujereado el techo. Se robaron un par de romanas, un cuchillo, algunas cajetillas, distintas especies. Unos cuantos días después se presentó un grupo de policías.
-¿Será suyo este cuchillo?-.
Más valía meditar la respuesta, pero no era un día para grandes pensamientos.
-Déjeme verlo… sí, es mío, ¿dónde lo encontraron?-.
-Clavado en el corazón de un pendejo-.
-¿Será suyo este cuchillo?-.
Más valía meditar la respuesta, pero no era un día para grandes pensamientos.
-Déjeme verlo… sí, es mío, ¿dónde lo encontraron?-.
-Clavado en el corazón de un pendejo-.
La modista de la villa, cuya casa estaba ubicada a varias calles de distancia de la carnicería, no podía creer que hubieran encontrado a un muchacho con el corazón atravesado por un cuchillo de carnicero. Sin desearlo recordó el amor ya agotado. Ella no suturaba heridas y él no hacía cortes precisos.

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