viernes, 22 de abril de 2011

ULTRAJE-MONTAJE

En diversas ocasiones he realizado el ejercicio de abordar a algún/a desconocidx en la calle, en el transporte público, en la fila del banco, en la sala de espera de un consultorio u hospital. Las conversaciones versan sobre distintos temas, pero, por azar o no, siempre se termina llegando a un punto concluyente y medular: el sistema socio-político-económico-cultural que habitamos y que, recíprocamente, nos habita y determina. La gran mayoría de las veces, la conclusión es demoledora. Calificativos tales como “perverso”, “injusto”, “malo”, “asesino”, “contrario” se reiteran una y otra vez. Aun cuando esta opinión es medianamente generalizada lo es, también, una actitud pasiva, de inmovilidad y, en cierta medida, de masoquismo frente a las diferentes aberraciones que se deben padecer (pienso, básicamente, en educación, salud y vivienda regidas por el Neoliberalismo, que las transforma en bienes de cambio, sujetas a la ley de oferta y demanda, lo que implica, claramente, una relación directa con el poder adquisitivo que cada cual tenga y con los mecanismos vinculados a la obtención de ese poder adquisitivo, es decir, el trabajo remunerado). Ahora bien, ese masoquismo o pasividad responde directamente al terror. Terror a perder el trabajo, terror a ser violentado por las fuerzas de orden público, terror a no educarse y lograr la movilidad social, terror a no ser asistido por el sistema público de salud, terror a ser encarceladx por quejarse, terror a ser acusadx de “inconformista”, “resentidx” o algún otro apelativo semejante. ¿Desde dónde surge ese terror?, ¿dónde esta radicado?, ¿quién o qué lo genera? Evidentemente, tal terror no nace de la nada ni está adjunto al hecho de ser humanxs.
Tal como planteó un pensador clandestino y anónimo, parafraseo aquí, “es fácil hablar de tolerancia, unidad, libertad y amor, cuando se está del lado del poder económico, cuando se posee el servicio (incondicional) de la fuerza militar y policial, cuando no aquejan diferentes males sociales”. Así, retomando el asunto del terror y el “quietismo social”, se puede observar un conflicto de “doble entrada”: por un lado, está el sistema mundial neoliberalista que rige al mundo bajo la consigna de “trabajo, libertad, paz y amor” y, por el otro lado (como la imagen devuelta por un espejo), está ese mismo sistema implantando guerras con fines de dominación económica, manteniendo los niveles de cesantía justo en el punto de poder manipular los sistemas laborales y mantener la cesantía, negando, perversión tras perversión, la vida plena de los seres animales y humanxs que habitan el planeta (deforestación, hambruna, sobreexplotación, dictaduras de cualquier orden político). En síntesis, un sistema que se constituye desde el terror y para el terror, a través de medios de comunicación masiva, más o menos, sometidos a perpetuar y mantener los discursos oficiales que, contradictoriamente –de acuerdo con su adoctrinamiento–, determinan el mundo con el dolor como estandarte.
En el contexto anterior, surge una nueva interrogante: ¿quién juzga o encarcela a tales terroristas (por citar sólo un ejemplo, grandes multinacionales que regulan el mercado laboral y ambiental con sus políticas económicas, generando caos social y ecológico)? Curiosamente, su manera de hacer terror, su manera de mantener el estado de las cosas es LEGAL. Está inserto dentro de una legalidad votada, “discutida” y sellada por las distintas instituciones que configuran el sistema político de un país; sistema que, por lo demás, eleva la bandera de la democracia como baluarte de la libertad individual y colectiva. Si tal libertad es efectiva, ¿cómo se explica entonces el hecho de que grandes grupos humanos sean sometidos al terror antes descrito? Se explica bajo el concepto del bien común y de la legalidad de los actos de los gobiernos, establecidos como guardianes de lxs ciudadanxs. Esto es, se construye un discurso de poder que censura, rige y establece tanto las normativas externas como las internas de comportamiento de cada individuo y de todo el sistema (estructuras familiares, mercado laboral, productos válidos para el consumo, religión, doctrina moral, etcétera).
Desde la perspectiva recién expuesta, si el terror que subyace al modelo neoliberal-democrático que rige a gran parte de la humanidad es legal, ¿qué torna ilegal, censurable, digno de presidio, castigo y culpabilización el hecho de quejarse abiertamente contra el sistema? La misma legalidad que permite la destrucción de la especie y de las otras especies (junto con el planeta) ha incorporado dentro de sus cláusulas la persecución implacable de quienes detentan una visión diferente del mundo (por supuesto no cualquier visión diferente, sino la tendiente a modificar la estructura social neoliberalista destruyendo el sistema de castas, el estado, para construir así estructuras sociales liberadas de jerarquías y totalitarismos, con una serie de particularidades que tendría que abordar en otro momento) y, por sobre todas las cosas, de quienes con total valentía deciden llevar su queja al punto de instalar artefactos explosivos de ruido en locaciones estratégicas de la ciudad (teniendo, además, el cuidado de evitar las muertes por daño directo o colateral). Tal persecución, que niega el principio básico de libertad de expresión (así como casi todo el sistema directivo de la estructura socio-política-económica lo hace), busca perpetuar, una vez más, el terror. Sin embargo, al terror, valentía.
El montaje judicial que se lleva a cabo, semejante a múltiples incriminaciones que se registran en la historia (Sacco y Vanzetti, una vez más nos recuerdan los vicios de los sistemas judiciales del poder), es un intento desesperado de los sustentadores del sistema por acallar lo evidente: el neoliberalismo hace agonizar a la humanidad. El ultraje, el engaño, la violencia del sistema inculpador, orientado a acusar de terroristas a un grupo de jóvenes que se quejan abiertamente de las malas condiciones de vida que lleva la humanidad, es el esfuerzo por mantener su propio terror, su funcional terror, el terror del estado de las cosas. El “terrorismo” de las bombas de ruido está radicado en la queja, en el querer liberar y liberarse del dolor del sistema; el terrorismo de lxs anarquistas es el deseo de sacar el yugo del terror generado por el sistema.
Cabe señalar, con respecto a lo anterior, que las explosiones de ruido que sacuden de vez en cuando el polvo que cubre los ojos de lxs ciudadanos son anónimas, tan anónimas que el aparato judicial y gubernamental no tiene asidero desde donde coger “culpables”. Por ello, incrimina y juzga a quienes estima conveniente en determinado momento: minorías étnicas, minorías sexuales, minorías políticas (no discutiré aquí el viciado concepto de minoría que tiene su origen en el discurso de poder centrado en la “mayoría”). Si no es terrorífico un sistema que no se inmuta frente al sufrimiento, si no es terrorífico un sistema que se mantiene indiferente frente a sostenidas huelgas de hambre de prisionerxs políticxs, ¿qué lo es entonces? Tan pervertidos están los valores de la humanidad que se considera sano un sistema que condena a vivir bajo el terror y el dolor. ¿Por qué se considera “terrorista” a quienes luchan contra tan perverso sistema?

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