En la boca, las navajas hacen lo suyo.
La muerte lo seduce con su soledad intensa e inalterable.
Bebe del Leteo sin prisas; el deseo es afilado resplandor
en su garganta deshecha en púrpura.
El reloj pende de la pared con un cuerpo meciéndose;
pesados los tobillos hinchados y la lengua morada asomando.
Las navajas en los dedos, en el filo de las caricias.
No besa, destruye.
Por las tardes, cuando el reloj le pesa en las entrañas,
las afiladas ventanas rotas
le muestran el resplandor de su sangre
manchando la caída.

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