Desgarraría
tus pezones hasta llenarme la boca de sangre.
Hasta
cuándo prolongas el corte en mi cuello,
por
qué me dejas con las heridas a medias y no ultimas
el
cuerpo espasmódico que se sacude, agonizante.
Erinias,
Gorgonas, venid a vengaros de lo que fui.
Tres
de carne y hueso. Tres con un corazón enfermo.
Tres
designadas para pelearse mis despojos podridos.
Verdugo
de mis días, por qué clavas las uñas tan suave
y
no terminas la labor encomendada.
Tres,
cada carne, cada mente, cada visceral beso.
Tres
bocas perdidas en los laberintos de la mente.
Tres
que se postergan, tres que se vengan.
Gorgonas,
Erinias: escupidme vuestro veneno dentro de la boca.
Destrózame
la carne con tu ímpetu, verdugo.
Tres
impacables, tres certeras.
Parcas
del pasado, del presente y del futuro,
laceren
de una vez a este ángel errático.
Y
tú, mi siempre adorada Afrodita, por qué te burlas,
prisionera
en red de oro, mientras te venero,
como
un animal ciego.
Lancen
mi carne a las porquerizas; dejad que los cerdos me hundan
sus hocicos humeantes en la
humedad secreta de mi piel.

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