¿Quién
no tiene fetiches? Pues yo también tengo uno. Además de los peluches, tengo,
por cierto, fetiches sexuales sádicos. El sudor no solo es salado. También es
agrio, amargo, oxidado, dulzón, ácido, atomatado, avinagrado; tiene sabor a
queso de cabra, a leche de almendras espesas, a orín, a albahaca, a cazuela de
vacuno grasosa, a queso camembert. Hay tantos tipos de sudores como pieles han
pasado por mi boca. Solo conozco la pureza sincera de la lengua, de la acción
de lamer. Por cierto, como acto de iniciación la lengua se desliza por lóbulos,
nuca y cuello; desciende paulatinamente por hombros y brazos, para encontrar la
gloria en las axilas, donde el placer y el deseo ajenos se han empozado como un
baño de licor quemante que, al tragar saliva, desgarra. Inevitablemente, la
lengua osa entretenerse sin dilaciones en el pecho: es insensato que describa
una práctica bastante común, consistente en buscar con la lengua cada pliegue
de la piel que rodea los pechos (nunca ha importado el tamaño o el color o el porte
del pezón, eso es tan burdo, similar a creer que un golpe de corriente no
podría revivir tanto a un elefante como a una polilla). En los pechos hay un
sudor distinto al conocido en el resto del cuerpo, pues mana de la piel de esa
zona con mayor impiedad, gota a gota, la sal del corazón: es un sudor más
sanguíneo, más tirante para la lengua. El vientre suda de manera particular,
sobre todo cuando la lengua se aproxima al límite del pubis con el vientre: con
su propio aroma, el vientre suda devorando a la lengua, rompiendo cada una de
las papilas gustativas. Debo reconocer que contrario a lo que puedan opinar las
vírgenes y los monjes, lamer los pies también tiene su encanto particular
cuando el sudor los ha dejado ligeramente agrios, tanto que se pueda adormecer
la lengua; el sudor de detrás de las rodillas tiene el efecto preciso y
vivificante para que la lengua despierte lista para sentir la humedad encendida
que empieza a inundar los muslos. En cierta medida, sólo en una comparación muy
somera y básica (casi irrisoria), los labios mojados y el clítoris escondido
tienen algo de bivalvos; sin embargo, creo que son los moluscos quienes han
tomado el intenso sabor de la vulva y no la vulva el de estos invertebrados.
Probablemente, y quizás sea un secreto muy bien guardado, el universo mismo
tiene ese impactante, diverso, nunca idéntico, sabor, porque sepase que así
como hay labios y galaxias diferentes, así también este sabor nunca es
reconocible por la lengua ni comparable con otros sabores: no solo es la dosis
perfecta entre orines, sudor y acidez, sino que es un elixir fundamental para
que toda la creación se estremezca en la destrucción total. (Es cierto que esta
capacidad me ha traído amargas experiencias, como descubrir que contra todo
pronóstico la acidez propia de la amada estaba mezclada con el sabor de
almendras molidas y masticadas que suele tener el semen y claramente ese no era
mi semen; son pormenores, cuando se trata de lamer para quemar la lengua con
sudor humano). Siempre he logrado encontrar la posición adecuada para, evitando
todo tipo de combinación de sabores, dedicarme al ano; muchas personas opinarán
que lamer el ano es impresentable, sin embargo, permítanme decirles que no hay
sabor más glorioso en todo el cosmos, porque su mezcla precisa entre sudor y
desechos alimentarios le da el justo y preciso sabor a queso de cabra cubierto
con aceite de oliva, una pizca de merquén, pasta de aceitunas moradas y algunas
hojas de albahaca. El sudor y la lengua se necesitan como la flora y la fauna.
martes, 10 de febrero de 2015
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