martes, 10 de febrero de 2015

lengua enredada

¿Quién no tiene fetiches? Pues yo también tengo uno. Además de los peluches, tengo, por cierto, fetiches sexuales sádicos. El sudor no solo es salado. También es agrio, amargo, oxidado, dulzón, ácido, atomatado, avinagrado; tiene sabor a queso de cabra, a leche de almendras espesas, a orín, a albahaca, a cazuela de vacuno grasosa, a queso camembert. Hay tantos tipos de sudores como pieles han pasado por mi boca. Solo conozco la pureza sincera de la lengua, de la acción de lamer. Por cierto, como acto de iniciación la lengua se desliza por lóbulos, nuca y cuello; desciende paulatinamente por hombros y brazos, para encontrar la gloria en las axilas, donde el placer y el deseo ajenos se han empozado como un baño de licor quemante que, al tragar saliva, desgarra. Inevitablemente, la lengua osa entretenerse sin dilaciones en el pecho: es insensato que describa una práctica bastante común, consistente en buscar con la lengua cada pliegue de la piel que rodea los pechos (nunca ha importado el tamaño o el color o el porte del pezón, eso es tan burdo, similar a creer que un golpe de corriente no podría revivir tanto a un elefante como a una polilla). En los pechos hay un sudor distinto al conocido en el resto del cuerpo, pues mana de la piel de esa zona con mayor impiedad, gota a gota, la sal del corazón: es un sudor más sanguíneo, más tirante para la lengua. El vientre suda de manera particular, sobre todo cuando la lengua se aproxima al límite del pubis con el vientre: con su propio aroma, el vientre suda devorando a la lengua, rompiendo cada una de las papilas gustativas. Debo reconocer que contrario a lo que puedan opinar las vírgenes y los monjes, lamer los pies también tiene su encanto particular cuando el sudor los ha dejado ligeramente agrios, tanto que se pueda adormecer la lengua; el sudor de detrás de las rodillas tiene el efecto preciso y vivificante para que la lengua despierte lista para sentir la humedad encendida que empieza a inundar los muslos. En cierta medida, sólo en una comparación muy somera y básica (casi irrisoria), los labios mojados y el clítoris escondido tienen algo de bivalvos; sin embargo, creo que son los moluscos quienes han tomado el intenso sabor de la vulva y no la vulva el de estos invertebrados. Probablemente, y quizás sea un secreto muy bien guardado, el universo mismo tiene ese impactante, diverso, nunca idéntico, sabor, porque sepase que así como hay labios y galaxias diferentes, así también este sabor nunca es reconocible por la lengua ni comparable con otros sabores: no solo es la dosis perfecta entre orines, sudor y acidez, sino que es un elixir fundamental para que toda la creación se estremezca en la destrucción total. (Es cierto que esta capacidad me ha traído amargas experiencias, como descubrir que contra todo pronóstico la acidez propia de la amada estaba mezclada con el sabor de almendras molidas y masticadas que suele tener el semen y claramente ese no era mi semen; son pormenores, cuando se trata de lamer para quemar la lengua con sudor humano). Siempre he logrado encontrar la posición adecuada para, evitando todo tipo de combinación de sabores, dedicarme al ano; muchas personas opinarán que lamer el ano es impresentable, sin embargo, permítanme decirles que no hay sabor más glorioso en todo el cosmos, porque su mezcla precisa entre sudor y desechos alimentarios le da el justo y preciso sabor a queso de cabra cubierto con aceite de oliva, una pizca de merquén, pasta de aceitunas moradas y algunas hojas de albahaca. El sudor y la lengua se necesitan como la flora y la fauna.

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