viernes, 8 de mayo de 2015

LAS ESTRELLAS TAMBIÉN TIENEN SUEÑOS HUEONES

La reconocí desde el semáforo. Había escuchado que algunas estrellas trataban de pasar piola y salían a turistear como cualquier mortal. Me miré en el espejo retrovisor, dio la verde y paré como si fuera su taxi. You are need a taxi? (putas que es malo mi inglés). Me miró y antes de cualquier cosa, pum, ya estaba arriba del auto (que parece limosina) y yo iba rajando para el litoral. Algo reclamó, le dije que todo iba bien. Dispuesto a dar rienda suelta a todas mis fantasías, llegamos, arrendé una cabaña lo más decente posible con todas las lucas que tenía. Le abrí la puerta, hincando una rodilla en el suelo y le expliqué lo mejor que pude sobre mis deseos de hacerla vivir una película rosa de amor con puesta de sol y toda la huea. Se rió y me dio la mano. Le cociné, paseamos por la playa, le recité canciones culias bien latinas y vimos la puesta de sol. Se urgió y me dijo que tenía que volver al hotel. Le abrí la puerta para que subiera y, paf, me agarró de las solapas, me besó, me tiró al asiento, me dio como caja (claro que no fui un títere bajo el peso de su cuerpo, algo me manejo con la lengua y las manos). Parecía que había estado encerrada entre el vacío, el abandono y la insatisfacción. Nos sonreímos. Manejé hecho un cuete, la dejé por una puerta lateral del hotel y la ayudé a entrar entre la mirada de estupor de cocineros y meseros. Así conocí a mi estrella favorita. Me debo ver bien encachao de chofer.

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