Ich liebe dich, le dices bajito y tu voz se cuela por las
rendijas de la piel. La mirada estalla. La desconfianza se cierne sobre las
instancias de contacto, dejando el sabor acre de los temores. El mundo se
articula en contra del deseo. Entre las sábanas o en el suelo de roca, se
entrelazan como nido de serpientes, mientras susurran Ich liebe dich con la
vulva o el pene en la boca. Si dejas que la lengua articule frases completas
sobre tus labios, se observará la escritura húmeda que va señalando los nombres
de las espaldas que se desconocen y reconocen al mismo tiempo, en el ir y venir
que desmorona la tierra. Ensáñate con el deseo, muérdelo hasta que grite Ich
liebe dich, hasta que lo grite hasta en norcoreano, a punta de latigazos en las
nalgas. Deja que tu cuerpo penetre con toda la actividad, da lo mismo si lo
haces con la vulva, el clítoris o el pene porque esa penetración no es una
invasión, es una huella, una quemadura en la médula y en la epidermis. Ich
liebe dich como un ronco suspiro, como un gruñido: lamer, abrazar, dejar, mirar
atrás, no mirar atrás.
El susurro recorre las entrañas, entra por la oreja mojada
de saliva y sale por los ojos entrecerrados de equilibrio precario. El deseo se
musita a cada mordisco dado en el cuello. Hay estremecimientos calientes que
mueven los dedos hasta la vulva humeante; la humedad se cuela a las palmas de
las manos penetradas por las nalgas incandescentes que arquean las columnas en
movimientos pendulares de desencuentro y confianza. La cama está atravesada de
presencias que el tiempo no borra. La memoria se articula en la oscilación del
coito. La cabeza metida entre las piernas es lamer la vulva o la felación sin
presiones. Los ejércitos pueden marchar por las calles y los gritos de Ich
liebe dich no cesan; el idioma extraño se transforma en una lengua conocida de
gestos y agarrones fuertes que expresan su propio sentido en el acto mismo del
fornicio hirviente. Ich liebe dich y te vas sin mirar atrás porque prometiste
que no ibas a dejar que te envolviesen en el secreto de la carne. ¿Podrías
creer que esa carne es tan tuya, tan propia? Vas a tener que creer que tu carne
eres también tú y que la otra carne es otro tú tan hirviente y mojado como tú.
Meter las manos por el pantalón para arrancar el gemido intenso, el gemido que
dice Ich liebe dich y mira con las pupilas destellantes. La memoria se
construye en el enlace de las lenguas que se lamen hasta las gotas de sudor.
Los líquidos fluyen de todas partes.
El mundo agoniza en un estertor. No agonizas en el
movimiento; no agonizas en el último abrazo antes de partir por la mañana o en
la mitad de la noche. La cama puede estar vacía, pero el peso de los cuerpos la
hunde; las sábanas están empapadas de fluidos de diversa índole y flotan a la
deriva cabellos púbicos. La pelvis se estira hasta alcanzar el pubis y del
ombligo brotan inquietudes.
Es cierto que, a veces, Ich liebe dich siembra pánicos,
vuelve los acertijos del tiempo indescifrables. Es cierto que no sólo son
cuerpos revueltos en el paroxismo del deseo. Tantas veces se trunca el placer y
la desconfianza, propia o cultural, viene a arrebatar el sudor, la saliva, los
fluidos. Ich liebe dich, no lo digas antes de partir, no lo digas al llegar.
Ich liebe dich que tú, organismo sexual, no poseas, pero que
sí seas abrasado por el fuego de la lengua incendiaria que quiere tragarte en
un beso.
Beso en las nalgas, en el ano, en la vulva, en el glande:
que todo se moje y llene la boca de vocablos descifrables por la lengua que
entra en la boca a buscar lo que ha quedado de secreto para iluminarlo a la
vista. Ich liebe dich, fuerte o despacio, frótate, encuentra el nombre de tu
orgasmo, comunícalo por señas, míralo en el encuentro con el orgasmo de alguien
que te visita desde la memoria.
Mugir Ich liebe dich hasta que el vapor que salga de los
hocicos empañe toda la ciudad llena de odio y desidia. Me gustaría que
deslizaras los dedos por las cicatrices y mirando los tatuajes y las quemaduras
me mordieras los pezones hasta hacerme gritar Te amo en alemán. Las lenguas
siguen enroscándose en besos incendiarios en las esquinas, explotan como
Molotov y llenan todo de saliva que empieza a decir Ich liebe dich en todas las
lenguas marchitas por las colonizaciones sucesivas de las que nos hacen parte.
ICH LIEBE DICH TE AMO y con los órganos sexuales jabonosos y espumantes
rompemos con los disciplinamientos patriarcales. Se desmoronan los muros,
fronteras de las camas, de las cocinas, de los pisos arenosos donde,
maullantes, se copulan, animales fieros, entre mordiscos y rasguños.
Todo es voz, todo es lengua y saliva, humedad de las paredes
vaginales, semen que fluye, sudor que hace sonar los pechos y las espaldas al
arquearse en espasmos de placer y deseo. Todo es fuego, ¡qué se abrasan! ich
liebe dich dices a gritos, gimiendo. Te amo, pero te callas, porque la lengua
lo está diciendo en el idioma del clítoris de lleno en la boca. La vulva es
otra boca y el pene tiene su boca pequeña asomando en la cima del glande y el
ano es boca desdentada: las bocas todas en el órgano del beso mojado, con
sangre manchado, con sabor a óxido y a tiempo, entonan ich liebe dich en
lenguas comprensibles para todos los oídos bañados de sudor y estertores
orgásmicos.
Los dedos hacen surcos en las carnes trepidantes. El cosmos
tiembla. En los pasajes más estrechos de la ciudad, se oyen gemidos que todo lo
inundan. Las miradas se inflaman de deseos, burbujas sanguíneas flotan en el aire.
Hay una neblina vaporosa de organismos calientes que fornican, aullando ich
liebe dich. Quédate o déjame, te amo en alemán y te digo en español ich liebe
dich.
