jueves, 31 de agosto de 2017

LA DANZA DE LAS VESTALES

Comprende que si la madre, que celebra sus sesenta y cinco años (edad de caducidad laboral), usase minifalda y blusa escotada, como lo hizo en la elección de “Reina de la Primavera – 1970”, no parecería meretriz. Así como las dignísimas damas que son orbitadas por canosos caballeros, no lo son.
Aquí, en este elegante tugurio ñuñoino donde se reúne la crema y nata de la senectud, no hay heteras viejas que se encaman por algunos miles de apolillados morlacos con gordos vejestorios que, recién a sus setenta y tantos años, se atreven a perforarse el lóbulo (con el boato de Shakespeare) o se dejan por segunda o primera vez, depende la represión que hayan padecido en su apagada juventud, las largas melenas rockeras cenicientas.
En esta pista de baile, donde las vestales campean sus sexos cerrados por los años, la viudez y el divorcio, hay vejetes amariconados que te devoran con los ojos.
Los calores de entrepierna aún no se han apagado, aunque la lozanía haya quedado rezagada en el almanaque de 1960 y se atraviesen las frentes de arrugas con el giro salsero; el cantante expropia canciones de antaño, para darle sabor a la noche, con la fe de que nadie termine acalambrándose en el frenesí de la cópula o en el vacío de la cama gélida del geriátrico.
Comprendes que este paisaje urbano es sangre y sudor que todavía palpita en la carne senil que se va volviendo demente en el frío solipsismo de hablar con los muebles, poner el hervidor eléctrico al fuego o tomar fármacos para respirar, dormir, cagar, despertar, comer, culear.
En esta pista de baile, las mesas lucen comidas insípidas, porque en el Averno todo manjar es insalubre; recuerda, en la tierra de los muertos, los alimentos no sacian. El estruendo musical de la banda se conjuga con el resplandor de las lentejuelas de hace cincuenta años y el brillo de los zapatos de caballero decente que solo pide un beso o una mano para acariciar.
Las gotas de sudor se deslizan por entre los pliegues de pechos a porfía tersos de abuelas, tías y madres que no cejan en su pulsión de goce.
En éxtasis, con la boca abierta, sin dejar que varón alguno me toque, yo bailo al compás de ser la primera y la última de mi generación, la que se quedó con madre, porque algo en mí no creció jamás.
Comprendes que aquí el alcohol es fuerte y puro, sin exquisitez alguna, porque hay un momento en el que solo puede emborracharse así a tantos años atrapados en una carne vuelta yerma, después de ser fértil. Por eso, solo por eso, sé qué comprendes; porque en tu morena piel joven gozosa, vas sintiendo la huella del tiempo. Comprendo que no escogerás tugurios como este y que los años, que no me dejan crecer, harán mella en mi carne virginal sin marido ni amante.
Comprendo que la edad dorada ha tocado la puerta de la madre y que su deseo se apaga sin que se gaste su corona de Reina de la Primavera.

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