Comprende que si la
madre, que celebra sus sesenta y cinco años (edad de caducidad
laboral), usase minifalda y blusa escotada, como lo hizo en la
elección de “Reina de la Primavera – 1970”, no parecería
meretriz. Así como las dignísimas damas que son orbitadas por
canosos caballeros, no lo son.
Aquí, en este
elegante tugurio ñuñoino donde se reúne la crema y nata de la
senectud, no hay heteras viejas que se encaman por algunos miles de
apolillados morlacos con gordos vejestorios que, recién a sus
setenta y tantos años, se atreven a perforarse el lóbulo (con el
boato de Shakespeare) o se dejan por segunda o primera vez, depende
la represión que hayan padecido en su apagada juventud, las largas
melenas rockeras cenicientas.
En esta pista de
baile, donde las vestales campean sus sexos cerrados por los años,
la viudez y el divorcio, hay vejetes amariconados que te devoran
con los ojos.
Los calores de
entrepierna aún no se han apagado, aunque la lozanía haya quedado
rezagada en el almanaque de 1960 y se atraviesen las frentes de
arrugas con el giro salsero; el cantante expropia canciones de
antaño, para darle sabor a la noche, con la fe de que nadie termine
acalambrándose en el frenesí de la cópula o en el vacío de la
cama gélida del geriátrico.
Comprendes que este
paisaje urbano es sangre y sudor que todavía palpita en la carne
senil que se va volviendo demente en el frío solipsismo de hablar
con los muebles, poner el hervidor eléctrico al fuego o tomar
fármacos para respirar, dormir, cagar, despertar, comer, culear.
En esta pista de
baile, las mesas lucen comidas insípidas, porque en el Averno todo
manjar es insalubre; recuerda, en la tierra de los muertos, los
alimentos no sacian. El estruendo musical de la banda se conjuga con
el resplandor de las lentejuelas de hace cincuenta años y el brillo
de los zapatos de caballero decente que solo pide un beso o una mano
para acariciar.
Las gotas de sudor
se deslizan por entre los pliegues de pechos a porfía tersos de
abuelas, tías y madres que no cejan en su pulsión de goce.
En éxtasis, con la
boca abierta, sin dejar que varón alguno me toque, yo bailo al
compás de ser la primera y la última de mi generación, la que se
quedó con madre, porque algo en mí no creció jamás.
Comprendes que aquí
el alcohol es fuerte y puro, sin exquisitez alguna, porque hay un
momento en el que solo puede emborracharse así a tantos años
atrapados en una carne vuelta yerma, después de ser fértil. Por
eso, solo por eso, sé qué comprendes; porque en tu morena piel
joven gozosa, vas sintiendo la huella del tiempo. Comprendo que no
escogerás tugurios como este y que los años, que no me dejan
crecer, harán mella en mi carne virginal sin marido ni amante.
Comprendo que la
edad dorada ha tocado la puerta de la madre y que su deseo se apaga
sin que se gaste su corona de Reina de la Primavera.

No hay comentarios:
Publicar un comentario