domingo, 3 de diciembre de 2017

capítulo IV, confesiones de un célibe

     Despiertas con el incomprensible deseo de estrangular a tu compañera de oficina. Estás tan agotado de ver la curvatura de sus nalgas, o más bien, la insinuación de la curvatura o lo que tú imaginas como curvatura bajo sus pantalones holgados de señorita amarga disconforme con su cuerpo. Estás cansado de desear quebrar huesos y rajar pieles que no existen más allá de la pura sustancia de tu mente monstruosa. 
     El incomprensible deseo de hacer el mal y no confesarlo jamás; así tendrías un secreto solo tuyo, un secreto enconado en tu sangre que ningún sacerdote, pastor o maestro pudiese sacar a la luz desde su escondite. Un secreto que te hiciese bello a tu propia mirada torva, a la mueca enrarecida de fealdad que te atraviesa el rostro picado de viruelas.
     "Un tipo mal agestado" es lo más suave que oíste decir a las compañeras de trabajo que cuchicheaban en el salón de copiado; tú oculto, la viste a ella. No te defendió, no te reivindicó, porque en el fondo, lo sabes, te halla horrible y su alma retorcida es incapaz de un gesto amable hacia tu persona o hacia cualquier otra; en su alma el peso del odio es tan grande como en el tuyo. Eso no los emparenta; esto no se trata de bellas y bestias que se aman y se liberan del hechizo tormentoso de ser parias, marginales del mundo del éxito, animales sucios expulsados, comemierdas cotidianos que rastrojean en la basura de los triunfadores. Ni en ella ni en ti hay bondad alguna. Solo hay bestias hediondas que arrastran sus carnes repudiadas y deseosas, frustradas y ardientes carnes jóvenes.
     Raquíticos y narigones, gordas y sudorosas, lampiños o excesivamente peludos, jibosos, sin tetas, labios leporinos, flacas huesudas, panzones hinchados, pedorrientos, deslucidos blancos o negros salvajes, indias, enanos, demasiado altas, rostros compungidos por la culpa del rechazo que te es tatuado a diario en la frente: una M que te atraviesa la faz, recordándote a diario que eres parte de ese selecto grupo de mutantes. En el centro glorioso del universo, en la cúspide de la pirámide, solo caben quienes han logrado el torneado y musculoso éxito de la belleza corporal que irradia el hedor de la medalla indecorosa que se brindan, intramuros, en la cofradía del triunfo.
     Despiertas con el sabor a oxidada sangre en tu boca. Te hace desear volver, una y otra vez, a las diversas perversiones que el mundo de las reinas y de los reyes del lodazal se otorgan. Aquí no importan los alientos viciados o la necesaria consumación de sexos drogados a oscuras. Aquí solo les queda el retorcerse como un mero favor que se administran entre indeseables y horribles.
     Frente al espejo, te acomodas el estúpido rostro perplejo que respira odio. No comprendes si es la absurda y contradictoria sensación de ser célibe a la fuerza, no siéndolo más que por la gestión comercial de un placer a regañadientes, o si es el profuso deseo de asesinar y mearte sobre los cadáveres dulces expuestos al sol.
     Sigues deseando que tu compañera de oficina te estrangule con sus muslos, aunque es inentendible por qué el beso que te viene a la mente está asociado a tus dedos enterrándose en su garganta espinillluda o a las inminentes ganas de defecar en el medio de tu sitio de trabajo y, gozoso, esparcir tus heces en el hocico de tu jefe.     

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