viernes, 23 de noviembre de 2018

Malditos países

A tod_s l_s asesinad_s por la enferma sociedad de castas, patriarcal y monológica-monoteísta, actual Eje capitalista-neoliberal, estado-mercantil-militar, patriarcal-violador, monológico-monoteísta, judeocatolicoislámico, belicoso y destructor de la Tierra. A tod_s l_s asesinad_s. Ninguna agresión sin respuesta.
A tod_s l_s asesin_s, porque la sociedad es una construcción cultural práctica y fáctica, humana, existente de modo histórico y real; esa sociedad existe porque hay asesin_s en las cúpulas de poder, llevando a cabo, nominal, simbólica y efectivamente, asesinatos.
Porque somos responsables, de una forma u otra, de que es_s asesin_s estén cómodamente instalad_s, ostentado la hegemonía, el poder, la autoridad, el control.

No estoy hablando de relativizar la democracia como gesto posmoderno, respecto del acto sufragista o de una entidad abstracta denominada “democracia”; estoy hablando de su inexistencia efectiva. Esto no es posmodernidad ni la consabida hibridez-globalizada que se vende bien en la “Bolsa republicana neoliberal”. Estoy hablando de que tanto soberanía como legitimidad, asociadas al acto sufragista y al constitucional, son falacias en el campo de la experiencia histórica de las amplias clases populares. Si en el campo de lo legal y lo jurídico, la constitución del Estado nacional se recubre de un barniz de participación y formación comunitaria, esto es solo un maquillaje, porque, en realidad, es la exclusión, la segregación, la asimilación, la explotación y la represión, las formas de constitución identitaria de una comunidad que de multiforme pasa, forzadamente, a ser monotípica. La “hibridez” es un producto de mercado, tal como el acto sufragista sancionado y legitimado por el modelo de Estado nacional, republicano y democrático, militarizado, patriarcal y neoliberal.
Dado que la captura del sufragio por las lógicas del Estado policial, militar, patriarcal, mercantil y eclesiástico es efectiva, la posibilidad de petición mediante la organización partidista está truncada desde su origen.
En este contexto, no hablo de fracasos, sino de organización y formación de focos de resistencia y construcción de comunidad.
Es en este contexto también en el que se devela el escenario local de comprobaciones de la instalación de una neo-oligarquía, de corte neoliberal, patriarcal y “eclesiástico” que domina y redistribuye los “ingresos nacionales” a cambio de abulia, indiferencia, depresión y “stress”; los gestos de rebelión son consumados, sacrificialmente, como actos criminalizados que merecen graves castigos y culpabilizaciones, porque rompen con la “armonía cósmica” de la “legitimidad todopoderosa” que sustenta esta “neo-oligarquía”.
En ese sentido, la “enemistad popular” que supone el castigar moralmente los actos subversivos, desde el mínimo colarse en el bus del bullado plan de transporte público hasta la interrupción de la “vida cotidiana” con barricadas, habla de “grupos populares” (desde la media clase media en todos sus estratos hasta lo más reaccionario y conservador de las bajas clases bajas) que consideran que sí están incluidos en las prácticas sociales de un republicanismo cívico, democrático, neoliberal, patriarcal y eclesiástico triunfal; en rigor, sí están incluidos. Estos grupos consideran que son parte medular del relato conformacional del Estado nacional, pero no lo son. En efecto, su participación valida la instalación de una hegemonía en la que, con la explotación, campea el libre mercado; con la violación, el ultramachismo patriarcal; con la reverencia servil, culposa y litúrgica, el misticismo eclesiástico o la fundación mítica del “control social”. En efecto, la inclusión-exclusión de esos grupos populares sostiene el régimen del miedo al caos, al desempleo, a la subversión, amparándose en la legitimización civilizatoria del orden implantado mediante el sufragio, la noción de mayoría democrática y en la relativización del concepto de “libertad”, permitida por la hibridez liberal y su rescate filosófico de la libertad reformista (protestante-catolicoide) o libertad liberal-neoliberal. La absolutización, paradójicamente, de la libertad liberal, híbrida e irresponsable, es la anulación de la libertad; es, en rigor, una apariencia de libertad, legitimada como verdadera libertad por la dimensión jurídica de lo social, sustentada en "sendos actos soberanos" como el sufragio.
En este ámbito, si la captura del sufragio implica e incita nuevas maneras de organización social y protestas contra la dimensión concreta y práctica del “poder”, entonces la captura de la violencia, la muerte, la guerra, también incitan e impulsan modos de rebelión que ya no pasan por la legitimada petición al poder, sino por la concreta conformación de modos de resistencia.
Si para el “poder” todo es cancha (desde lo legal hasta lo ilegal), para implementar sus “modelos de vida”, entonces, para nosotrxs, grupos en resistencia y abierta rebelión subversiva, todo es cancha: desde el boicot y el sabotaje, pasando por la barricada callejera, hasta la “republicana” recolección de firmas.
En rigor, no habitamos una república democrática; estamos más cerca de la servidumbre sufragista y las/os siervas/os pueden rebelarse, morir en el intento o conformarse y decir “amén”.


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