lunes, 8 de marzo de 2010

día soleado

Las moscas revolotean sobre sus piernas entumecidas; atrofiadas de tiempo y negativas, acusan las cicatrices de un dolor eufórico y contradictorio.
Las moscas se posan sobre sus ojos abiertos, con los que ha leído Ausencia. Cada vez que pronuncia, la boca se le hace añicos esperando una respuesta.
Las moscas se acicalan las patas traseras detenidas en su sombra. Todo él es sombra. Perdido inestable en una mueca deshecha de sanguinolenta voz.
Ya no quedan moscas sobre el esqueleto de sensual cal ignorante. Confirma una vez más que la boca desgajada en otra boca no es más que un espectro.
Su casa es un vacío de sucias murallas que denuncian los estragos de la inundación. El techo ya se viene abajo inflamado de lluvias mugrosas.
Se ha ido el tiempo del aroma a almendras y de secreto silencio en las calles anochecidas. Sin embargo, cómo me inunda el olor ignorado, cómo me punza la caricia desconocida y me raja el labio ajeno.
Las moscas observan estáticas paseando por su lengua y ensuciando sus dientes brillantes. Así como entre sus costillas se divisa el pálpito de la nostalgia, así se entrega su pecho en estertores al encuentro irrepetible con el gesto extraño del abandono de sí mismo.

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