La mediocre insistencia del dolor consolado por la mirada perdida de uno mismo, patética y arrugada. El planeta desbaratado en su eje impávido de vientre inhóspito. La baldía necesidad. La risotada a mandíbula hirviente. La manotada bajo el agua del destino que fluye inexorable, mientras los huesos se cubren de coleópteros, moscas azules y magma. Llanto a media luz, lágrimas de sal. Recorrer los mismos caminos, a la espera de que se transformen en un laberinto y algo justifique tanta verborrea cancerígena. En la piel de cicatrices onduladas la simiente errante.
Es definitivo, los rosados dedos de la aurora llegan a todos los rincones, palpando con curiosidad las civilizaciones abandonadas.
Aún cuando no lo quieras, la fuerza vital te guía hacia la tormenta. Sólo desde la adversidad, lograría restallar la felicidad en su cráneo ahuecado.
Afilado dedo acusa a inverosímil escritor de ceguera consumada. La eternidad de las tristes alegrías es efímera.
jueves, 25 de marzo de 2010
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