lunes, 3 de mayo de 2010

VIDA DE FAMILIA

Los niños vomitan neoprén al ritmo de los saxofones.
Las madres alcohólicas se asoman a los balcones;
gritan con frustrado ceño:
¡deja de jugar y reír, mocoso de mierda!
Los padres exportan a sus hijas
bajo la humareda
del semen que les cubre la boca.
Las niñas se penetran las venas.
Los padres se seducen al compás de los tacones:
se hacen cosquillas con los bigotes
al dormirse en los retretes.
Las madres se seducen frente al espejo:
se lamen las arrugas y las llagas.
Las niñas y los niños retornan
a las danzas crueles de antaño:
degüellan y beben orines
de sus propias bocas;
intercambian navajas,
sacándose destempladas notas
de las gargantas.
Se regalan ojos de gatos capturados
en correrías
por los tejados de la muerte.
Mienten, gritan, chillan:
la madre alcohólica deja caer el vaso
con el reflejo de la humanidad extinguida.
El padre se acomoda la corbata junto a la sien
para reír de una vez por todas.
Las niñas y los niños arrojan la última palada
de su castillo de arena.

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