martes, 1 de junio de 2010

Sacra boca en extásis

Has besado con pasión
la boca cruenta del cerdo.
Te mira desde su nariz chata
esperando
tu lengua metiéndose entre sus molares.
¡Cuánta dulzura
en el girar de las cabezas
en ese beso universal!
Acaricias la cuenca del ojo del chivato;
mientras,
sostienes entre tus dedos las gónadas.
Escúrrese el semen hirviente, que te llaga la memoria.
La vagina de la yegua se contrae,
humeando frente a tus ojos del más allá.
Jerusalén está demasiado lejos;
los ángeles cantan en tu interior
la danza macabra que entonaron
en las puertas de Gomorra,
el día en que el cielo se iluminó
con tu nombre.
¡Oh, santificado!
Me estoy acariciando el corazón
al recordar el rostro extasiado del cerdo,
con sus cejas puestas en el asombro,
sintiendo tus labios recorriendo su hocico.
Recibiendo el contagio.
La lengua se entretiene en ir desde la base
hasta la cúspide del erecto pene,
el cual flota en total concordancia con la creación.
La garganta produce más saliva
en la eterna escisión.
No metas los dedos demasiado fuerte:
te pueden dar de coces.
¡Qué suave te has lubricado las falanges infinitas,
con las que recorres el anal sudor equino!
Gritaré: ¡alabada sea la estrella que me llevó a ti!

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