La televisión sigue transmitiendo dulces carnes blandas rellenas de sintéticos. Lucen bien bajo los focos. Destellan y ni qué decir la calentura que provocan. Como un estúpido lobo abandonado te quedas parado esperando una caricia. ¡¿Qué importa si muerdes la mano?! De todas formas, te dejarán cicatrices.
Como un culiao sombrío recorres la infinitud vacía, deseando. No es demasiado tarde y siempre puede pegarte la sífilis, el sida, la gonorrea. Te sale del hocico la gonorrea saliva, mientras los locutores pronuncian cánticos rituales a las tetas, al culo y al pico. Pero no a las hueas ni al clítoris. Todas quieren ser reinas y la voz autorizada les niega el suave vello sobre los labios húmedos y deseosos.
Se cruzan las miradas con más desconfianza que odio; nada de ternura, aunque los momentos puedan ser dulces. Con la boca podrida entonas su nombre de memoria, de memoria perdida. La belleza de las gordas, de las flacas con acné, de las con piel suelta y estrías es más poderosa y huele mejor que la sobrecarga de plástico derretido en la que se les transformó el orgasmo. Vas a gemir hasta quebrarte la columna e irritarte el meato.
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