miércoles, 25 de agosto de 2010

Aguas negras entran por las ventanas

Un chacal en cacería. Un perro entumecido. La mierda le come las sienes y le gritan un nombre desde el bosque. Deja un cigarro a medio camino y abraza a la madre y al padre. Un peligro con patas, los gritos lejanos abruman como la sombra de Cronos que quiere atrapar en el aullido a la perra interior. Invoca al llanto una vez más y no encuentra. Whitman pasea abrazado de sus núbiles amigos y se posa frente a san Sebastián; padre, ¿lo recuerdas como ayer?
No volverá mientras baña las vergüenzas expuestas. La racionalidad se hace espesa y se enamora de espectros embarazados a punto de dar a luz todos los terrores.
Enfermo de ser lobo de hambre en la luna siniestra se abre la puerta de la noche.
No quiere quedar lleno de llagas efímeras y miradas destruidas por el paso de los ríos.
Ríos, ríos, ríos.

Otra vez sin sueño, a punto de colapsar. La música llega de lejos como queriendo ser una redención. Pero, no hay equilibrio para los caídos. Aún cuando deje la nariz en el fondo, seguirá sin rescate. ¿A dónde se ha ido?
-Tan lejos que estoy a tu espalda-.
-¿Vigilando?-.
-Soñando la ternura que perdiste-.

Un grito. Un grito. Un grito desde el padre.
Un grito desde la sangre.
Un grito tolerante desde la silla rota por esas manos de furia.
Va a vomitar hasta lo que respira. Se ha dado el rostro de piedra de la vida.

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