Para levantarle la
falda a una colegiala crecida, bastaría el soplido fuerte de la brisa
primaveral. Cuando era liceano, todas llevaban jumper; imposible que el viento
lo moviese, porque, al menos las quinceañeras de mi curso, gustaban de usarlo
estrecho y corto. Algunas usaban su jumper a medio muslo, otras más osadas un
poco más arriba. Todas, sin embargo, en algún momento de descuido dejaban
entrever un pubis cubierto por un frecuente calzón blanco. Esa visión difusa
permitía una sana y natural excitación.
En los últimos
asientos del salón de clases, esperando el fin de la jornada, bajo el tedio del
monólogo docente, sentí la mano descuidada de mi compañera de banco, apretando
mi pene. No me incomodé ni sentí timidez: seguro de mí mismo, puse con delicadeza
mi mano en su muslo, sin que nadie lo notase. Ella apretó con fuerza mi pene
erecto; no sé si lo había descubierto desde antes, pues llevaba gran parte de
la clase, erecto. Lo apretó con fuerza y sentí su deseo, entibiando mi mano que
ya estaba bajo el jumper, en la base del muslo. No me dejó, por cierto, sentir
la humedad profunda, pues, como me confesó más tarde, se le hubiese acabado la
discreción, al empezar a gemir.
En cierta
oportunidad, descansando después de haber estudiado bastante, estábamos recostados
viendo una película; habíamos fumado marihuana prensada con pegamento y ella
apoyaba su cabeza sobre mi pecho. Yo le acariciaba el cabello con distracción,
pero sin descuido. De pronto me sonrió, mirándome. Tiempo después me confesó
que ese día deseaba con intensidad que hubiera hecho con ella lo que quisiera.
Ya era tarde, en aquel entonces, era una amiga.
Por alguna razón
jamás le tocaría un pelo a una amiga. A menos, claro, que ella estuviera
desesperada y profundamente sola; a menos que yo, en la misma situación,
pudiera darle, en esas circunstancias, el cálido y fraternal sexo de amigos.
“¿Por qué nunca pasó nada entre nosotros?”, me preguntó una amiga, una vez;
“porque somos amigos”, respondí sin titubear.
Hubiese seducido a mi
hermana, sobre la abandonada cama marital de nuestros padres, cuando teníamos
diecisiete años. No fue el decoro lo que me detuvo; en realidad, su fértil
deseo era tan fuerte como el mío. Alguna fuerza misteriosa nos impulsó a
soltarnos de ese abrazo que pasaba de fraterno a sexual. Sin embargo, ¿qué
evitaría que una madre gozase de su hijo o una hija de su padre, en el
excitante y silencioso momento de oscuridad que nos da una habitación nocturna?

Los hijos saldrian de sangre azul.
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