viernes, 15 de diciembre de 2017

FEO CULIA. ÉL TENÍA RAZÓN

"y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido".
Vida de Lazarillo de Tormes: de sus fortunas y adversidades.

     ahí se estaban agarrándose brígido las viejas. a combos las viejas. el hueón no alcanzaba a pararse de la silla de ruedas. nosotros somos viejos. la margarita a combos. ahí murió de una puñalá, encima de los colchones. en el albergue, le amarraron una pata. era un postre. no nos tienen respeto. agarrándose brígido. cálmate culia. las viejas se tiran todo lo que pillan. recogió las jeringas. tiró la bomba. qué huea vos conchaetumare. el hueón agarraba las bandejas del almuerzo y las tiraba. no se podía parar de la silla de ruedas. tenía la cara pa la cagá la margarita. ¡¿tío, tenís comiaaa?! el negro pablo era patrañero. los hicimos entrar de cinco en cinco. se sacaban la chucha. la roqui y la mitzi quemaron todo el albergue. no hay cojo bueno ni pelao sinvergüenza.

domingo, 3 de diciembre de 2017

capítulo IV, confesiones de un célibe

     Despiertas con el incomprensible deseo de estrangular a tu compañera de oficina. Estás tan agotado de ver la curvatura de sus nalgas, o más bien, la insinuación de la curvatura o lo que tú imaginas como curvatura bajo sus pantalones holgados de señorita amarga disconforme con su cuerpo. Estás cansado de desear quebrar huesos y rajar pieles que no existen más allá de la pura sustancia de tu mente monstruosa. 
     El incomprensible deseo de hacer el mal y no confesarlo jamás; así tendrías un secreto solo tuyo, un secreto enconado en tu sangre que ningún sacerdote, pastor o maestro pudiese sacar a la luz desde su escondite. Un secreto que te hiciese bello a tu propia mirada torva, a la mueca enrarecida de fealdad que te atraviesa el rostro picado de viruelas.
     "Un tipo mal agestado" es lo más suave que oíste decir a las compañeras de trabajo que cuchicheaban en el salón de copiado; tú oculto, la viste a ella. No te defendió, no te reivindicó, porque en el fondo, lo sabes, te halla horrible y su alma retorcida es incapaz de un gesto amable hacia tu persona o hacia cualquier otra; en su alma el peso del odio es tan grande como en el tuyo. Eso no los emparenta; esto no se trata de bellas y bestias que se aman y se liberan del hechizo tormentoso de ser parias, marginales del mundo del éxito, animales sucios expulsados, comemierdas cotidianos que rastrojean en la basura de los triunfadores. Ni en ella ni en ti hay bondad alguna. Solo hay bestias hediondas que arrastran sus carnes repudiadas y deseosas, frustradas y ardientes carnes jóvenes.
     Raquíticos y narigones, gordas y sudorosas, lampiños o excesivamente peludos, jibosos, sin tetas, labios leporinos, flacas huesudas, panzones hinchados, pedorrientos, deslucidos blancos o negros salvajes, indias, enanos, demasiado altas, rostros compungidos por la culpa del rechazo que te es tatuado a diario en la frente: una M que te atraviesa la faz, recordándote a diario que eres parte de ese selecto grupo de mutantes. En el centro glorioso del universo, en la cúspide de la pirámide, solo caben quienes han logrado el torneado y musculoso éxito de la belleza corporal que irradia el hedor de la medalla indecorosa que se brindan, intramuros, en la cofradía del triunfo.
     Despiertas con el sabor a oxidada sangre en tu boca. Te hace desear volver, una y otra vez, a las diversas perversiones que el mundo de las reinas y de los reyes del lodazal se otorgan. Aquí no importan los alientos viciados o la necesaria consumación de sexos drogados a oscuras. Aquí solo les queda el retorcerse como un mero favor que se administran entre indeseables y horribles.
     Frente al espejo, te acomodas el estúpido rostro perplejo que respira odio. No comprendes si es la absurda y contradictoria sensación de ser célibe a la fuerza, no siéndolo más que por la gestión comercial de un placer a regañadientes, o si es el profuso deseo de asesinar y mearte sobre los cadáveres dulces expuestos al sol.
     Sigues deseando que tu compañera de oficina te estrangule con sus muslos, aunque es inentendible por qué el beso que te viene a la mente está asociado a tus dedos enterrándose en su garganta espinillluda o a las inminentes ganas de defecar en el medio de tu sitio de trabajo y, gozoso, esparcir tus heces en el hocico de tu jefe.     

jueves, 31 de agosto de 2017

MARCHITAS AL AMANECER

los perros se huelen el culo
buscando
entre sus carnes
el olor primero
que el miedo
      el espanto
      el terror
les quitó de la paz de las fauces

niñas flaites se acarician
al final de la sombra
            del baile caliente
            del sudor del Metro
     vidrios empañados
y amanecidos jornaleros

maquillaje corrido nunca
si hubo lágrimas de amor
         no se notan
               se olvidan

chicas flaites
pircin en sus ombligos
        sombra y rímel
        labios rojos

chicas flaites
vientre al aire
            pantalones ajustados
       justo al límite
                         de los labios

los perros buscan
mendigos
la azúcar de sus manos
               el acné de sus rostros
               el deseo de sus corazones rosados
de Kimberly Yendenlin
        Andrea Tamara
                 o
            Milena

acaso hay nombres de alcurnia
dime chica flaite
acaso no podrías
ser 
         Julita Astaburuaga
         con 70 años menos
y aliento a porro
en la boca humeante
de besos carcomidos
       por el Brayan

chicas flaites algo borrachas
siempre serenas
seguras del amor en la cama
con cobertores de Barbie y Minnie
tan solas en sus casas
nunca marchitas al amanecer


LA DANZA DE LAS VESTALES

Comprende que si la madre, que celebra sus sesenta y cinco años (edad de caducidad laboral), usase minifalda y blusa escotada, como lo hizo en la elección de “Reina de la Primavera – 1970”, no parecería meretriz. Así como las dignísimas damas que son orbitadas por canosos caballeros, no lo son.
Aquí, en este elegante tugurio ñuñoino donde se reúne la crema y nata de la senectud, no hay heteras viejas que se encaman por algunos miles de apolillados morlacos con gordos vejestorios que, recién a sus setenta y tantos años, se atreven a perforarse el lóbulo (con el boato de Shakespeare) o se dejan por segunda o primera vez, depende la represión que hayan padecido en su apagada juventud, las largas melenas rockeras cenicientas.
En esta pista de baile, donde las vestales campean sus sexos cerrados por los años, la viudez y el divorcio, hay vejetes amariconados que te devoran con los ojos.
Los calores de entrepierna aún no se han apagado, aunque la lozanía haya quedado rezagada en el almanaque de 1960 y se atraviesen las frentes de arrugas con el giro salsero; el cantante expropia canciones de antaño, para darle sabor a la noche, con la fe de que nadie termine acalambrándose en el frenesí de la cópula o en el vacío de la cama gélida del geriátrico.
Comprendes que este paisaje urbano es sangre y sudor que todavía palpita en la carne senil que se va volviendo demente en el frío solipsismo de hablar con los muebles, poner el hervidor eléctrico al fuego o tomar fármacos para respirar, dormir, cagar, despertar, comer, culear.
En esta pista de baile, las mesas lucen comidas insípidas, porque en el Averno todo manjar es insalubre; recuerda, en la tierra de los muertos, los alimentos no sacian. El estruendo musical de la banda se conjuga con el resplandor de las lentejuelas de hace cincuenta años y el brillo de los zapatos de caballero decente que solo pide un beso o una mano para acariciar.
Las gotas de sudor se deslizan por entre los pliegues de pechos a porfía tersos de abuelas, tías y madres que no cejan en su pulsión de goce.
En éxtasis, con la boca abierta, sin dejar que varón alguno me toque, yo bailo al compás de ser la primera y la última de mi generación, la que se quedó con madre, porque algo en mí no creció jamás.
Comprendes que aquí el alcohol es fuerte y puro, sin exquisitez alguna, porque hay un momento en el que solo puede emborracharse así a tantos años atrapados en una carne vuelta yerma, después de ser fértil. Por eso, solo por eso, sé qué comprendes; porque en tu morena piel joven gozosa, vas sintiendo la huella del tiempo. Comprendo que no escogerás tugurios como este y que los años, que no me dejan crecer, harán mella en mi carne virginal sin marido ni amante.
Comprendo que la edad dorada ha tocado la puerta de la madre y que su deseo se apaga sin que se gaste su corona de Reina de la Primavera.