Después de tantos días. Vacío. Cerdos lujuriosos en mis sueños. Desde los trece años bebo hasta desmayarme. Pero, es un mito. Sigo de pie hablando, mirando a los ojos, riendo; hasta cuento chistes. De seguro, son malos. Hoy, tengo treinta. Al parecer sigo igual. En realidad, he bebido para sublimar mis problemas y mi dolor (más ficticio que real). ¿Es una autobiografía toda narración en primera persona de hechos que parecen verdaderos, no sólo verosímiles? Polución nocturna, diurna, matutina. Información masiva. Letra llena y virtual, vaciada y vacía hasta que alguien inserte la contraseña correcta y sea capaz de hacerse cargo de la propia letra que transcribe una infección o una ficción. Un relato falso o verdadero de un personaje que se narra a sí mismo, construyéndose. ¿Autobiografía o pseudoautobiografía? Hasta que alguien pone su fe en lo contado y se autentifica en las líneas de letras y símbolos intermitentes. Contagio recuerdos que no duermen jamás; cada rincón activa células de memoria plena, ecléctica. ¿Cómo si fuera posible que reposaran? He bailado con mi diablo en el pozo de mis ojos. ¿Por qué siempre he de darme esa sensación de éxtasis incómodo?, ¿qué placer me está permitido? Quizás, no he llenado los formularios adecuados. A nadie le importa. Antes de terminar de bajar las escaleras, ya me he enamorado. Tú ni siquiera lo notaste. Cuando se crucen nuestras miradas, encontrarás al lobo psicópata de hambre rota. Esa es la versión de mi vida. Primeros besos olvidados. Todos los amantes son iguales, aunque se perciban distintos. Cada vaso lleno es idéntico al otro. Sobre la mesa, comida y alcohol, cenizas. Son más de quince años, ahora. Ahora es tiempo de autobiografía y emociones truncadas. Emociones intensas de relación temporánea. Habitan este mundo millares de lenguas: qué no salgan sus emisiones a relucir como una ficción más. Al menos, se han salvado de ser infecciones.
Noticias de vida llegan desde todos los vientos. No me llagan el espíritu; me hacen feliz. Feliz no es algo que abunde en mi biografía, mis queridxs blenorrágicxs: no lo pretendan. ¿Qué mentira les contaré ahora?
La vida inunda y beso a una niña de dos años en su frente llena de confianza en los cuentos que le narro, que no son mi creación, por favor, no faltaba más, aparte de tediosas canciones de cuna de fin de mundo, no he hecho nada más.
En el horizonte, las fieras diversas se mezclan en grato coloquio. Diálogo de perrxs y gatxs, de muertxs. Las vidas futuras, pasadas, presentes y futuras (de las que ninguna persiste sin la otra, sobre todo porque el dèja vú es la constatación de evidenciar en el pasado un rastro del futuro, tal como en el futuro se abre una ventana hacia la constitución del presente que ya es pasado) me soplan hálitos de vida detrás de la nuca; esto me incita a creer que hay amor en el mundo. ¡Qué barbaridad, mi medio pollo! El amor lo inunda todo. Hasta las ciénagas.
Borrachos no somos lindos ni sujetos de análisis estético. Sin embargo, hay algo de belleza en el aliento a cantina rancia y decadente, con mirada de tugurio vinoso. Usted es linda borracha.
Les pedí matrimonio a Polly Jean Harvey y a Billie Holiday; Lux Interior tampoco aceptó.
Cuando la guío hacia el baño, sé que no la amo. Ella menos. Pero, la quiero igual. La invité un copete. Se sonroja frente a la puerta. Entra conmigo hasta el inodoro. Nos tomamos los tragos, mirando el W. C.
Ese es mi rostro quemado de cicatrices y huellas solares. Vacío.
Basta de llorar, es hora de abrir las piernas y cobijarte entre ellas. Nostalgia.
La saco del pantalón y te la muestro a través de la ventana, porque te amo. ¿No lo sabías, mientras miras desde el paradero, compungida y enojada por tal atrevimiento? Perdón, en otoño se caen las hojas y me pongo romántico. Sólo, vedla.
viernes, 9 de abril de 2010
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