miércoles, 23 de octubre de 2013

capítulo VIII, Confesiones de un célibe

Para levantarle la falda a una colegiala crecida, bastaría el soplido fuerte de la brisa primaveral. Cuando era liceano, todas llevaban jumper; imposible que el viento lo moviese, porque, al menos las quinceañeras de mi curso, gustaban de usarlo estrecho y corto. Algunas usaban su jumper a medio muslo, otras más osadas un poco más arriba. Todas, sin embargo, en algún momento de descuido dejaban entrever un pubis cubierto por un frecuente calzón blanco. Esa visión difusa permitía una sana y natural excitación.
En los últimos asientos del salón de clases, esperando el fin de la jornada, bajo el tedio del monólogo docente, sentí la mano descuidada de mi compañera de banco, apretando mi pene. No me incomodé ni sentí timidez: seguro de mí mismo, puse con delicadeza mi mano en su muslo, sin que nadie lo notase. Ella apretó con fuerza mi pene erecto; no sé si lo había descubierto desde antes, pues llevaba gran parte de la clase, erecto. Lo apretó con fuerza y sentí su deseo, entibiando mi mano que ya estaba bajo el jumper, en la base del muslo. No me dejó, por cierto, sentir la humedad profunda, pues, como me confesó más tarde, se le hubiese acabado la discreción, al empezar a gemir.
En cierta oportunidad, descansando después de haber estudiado bastante, estábamos recostados viendo una película; habíamos fumado marihuana prensada con pegamento y ella apoyaba su cabeza sobre mi pecho. Yo le acariciaba el cabello con distracción, pero sin descuido. De pronto me sonrió, mirándome. Tiempo después me confesó que ese día deseaba con intensidad que hubiera hecho con ella lo que quisiera. Ya era tarde, en aquel entonces, era una amiga.
Por alguna razón jamás le tocaría un pelo a una amiga. A menos, claro, que ella estuviera desesperada y profundamente sola; a menos que yo, en la misma situación, pudiera darle, en esas circunstancias, el cálido y fraternal sexo de amigos. “¿Por qué nunca pasó nada entre nosotros?”, me preguntó una amiga, una vez; “porque somos amigos”, respondí sin titubear.
Hubiese seducido a mi hermana, sobre la abandonada cama marital de nuestros padres, cuando teníamos diecisiete años. No fue el decoro lo que me detuvo; en realidad, su fértil deseo era tan fuerte como el mío. Alguna fuerza misteriosa nos impulsó a soltarnos de ese abrazo que pasaba de fraterno a sexual. Sin embargo, ¿qué evitaría que una madre gozase de su hijo o una hija de su padre, en el excitante y silencioso momento de oscuridad que nos da una habitación nocturna?

sábado, 24 de agosto de 2013

El despertar al peligro

Cuando vuelve en sí, la luz pálida y refulgente es un mal insignificante comparado con lo que le han hecho. Pensar en sí mismo es egoísta e insignificante cuando mira alrededor y descubre lo que le han hecho a los otros prisioneros. La habitación no tiene puertas ni ventanas, sólo los huecos en los muros, donde debieron estar, antes del bombardeo, antes de que el edificio de viviendas se volviera un gigante derruido, desmoronándose poco a poco bajo el peso de los estremecimientos del suelo, provocados por las máquinas de guerra que patrullan por las calles. La luz enciende la mirada, la conciencia recuperada y el dolor. El dolor clavando por todos los costados. La necesidad de escapar. Los huecos de las puertas no están custodiados; tampoco están obstruidos. Sólo hay que caminar hacia la salida, abandonar ese lugar donde el dolor les atraviesa los rostros llenos de cicatrices, heridas abiertas, suturas hechas a la rápida, mal cuidadas, purulentas, amoratadas; algunos prisioneros son sólo una masa de huesos y sangre, pero no gritan y siguen vivos, porque aquí la muerte no existe. Sólo existe el dolor. En los brazos tiene grapas metálicas tratando de cerrar los diversos cortes que sangran y se cubren de moscas. Se palpa el abdomen. Se da cuenta que lo han violado hasta rajarle el ano, por eso lo tiene a medio suturar con alambre. El dolor se siente como un hormigueo adormecedor. De todas formas, está entero; todavía puede arrastrarse hasta la salida. Hay un prisionero al que le faltan los pies y las manos; yace sangrante con la mirada extasiada, perdida en el universo de dolor que le nutre las terminaciones nerviosas y los intercambios eléctricos de sus redes neurales. Debo salir, debo arrastrarme, debo encontrar a mi familia. Se despedaza, avanzando; camina mareado, ebrio de dolor, enceguecido por la sangre seca que le cubre el rostro. Sólo hay ruinas. Polvo y ruinas. Dolor, arrastrarse, salir. En la cancha, juegan los estudiantes distraídos a la pelota. Se dan pases, hacen goles, cambian de equipo. Me retuerzo en el suelo, me hago feto. Consigo un teléfono. Llamo a la ambulancia. Necesito que cese el dolor. Vuelve a la inconsciencia.

miércoles, 24 de abril de 2013

noticias frescas


Los perros huachos hacen nata, amontonados a la orilla de la calle.
Reventados los trabajadores se hacen mierda blanqueándose el hoyo del culo que tienen de esclavos, porque quieren parecerse al amo, engordado con las calaveras de los niños. Los hijos de los trabajadores están haciendo nata a la orilla de las explosiones. Las bombas hacen mierda todo, mientras miramos babosos el culo agitado de la última infeliz que creyó que más tetas de silicona le iban a procurar un buen pasar. Los palestinos se mueren de hambre en los campos de refugiados, mientras otros se llenan la panza con las calaveras de los cabros chicos abandonados, perros huachos reventados frente a la tele que nos muestra a las señoras amargadas con la guata al aire soñando con el mejor detergente para lavar sus camisas sudadas y ensangrentadas de tanto creer en el glorioso sueño americano. Aquí se chupa pico por quinientos pesos, porque todos somos adictos a la pasta y esclavos de los patrones que no son blancos ni mulatos ni negros, son color plata, color explotación, color paliza, color balas. Es nuestro sueño neoliberal que caigan las bombas como racimos de fruta y permitan a los limpios gobernarnos porque somos sucios. Somos perros sucios con el hoyo negro de hollín de carbón sudado somos huachos del sueño americano y por la entrepierna nos corre el semen del violador que nos esclavizó en la oficina y en la fábrica.
Vamos al colegio, esperando el timbre nuevo en nuestra frente sucia de indio, para que nos asignen nuevos folios y nuevas órdenes. Nos azuzan como animales de presa unos contra otros y todos le tienen miedo al patrón que nos mea en el hocico cuando decimos "amén, creo en el señordiostodopoderoso". Perros huachos atropellados cabros chicos sirviendo la mesa de los súper modelo rostizados con sus pectorales al viento y las pendejas metiéndose manteca de chancho en las tetas chicas y cortándose con navaja para ser como su súper estrella favorita alimentada de silicona y llanto de las viejas abandonadas por explotados obreros que se ahogan todos los días en alcohol en wiski de 50o pesos.
En cualquier esquina aparece el carro de la muerte, conducido por manos anónimas, llevando a ancianos decrépitos al festín y baile estrepitoso de la caída.
Los funcionarios, detrás de la ventanilla, buscan con desesperación el calor humano que les devuelva algo de integridad. Los jubilados son recontratados eternamente para contar las calaveras de los recién nacidos bautizados con pintura de automóviles último modelo.
En filas, los niños cantan himnos de guerra, se enseñan los dientes y se violan hasta saciar sus deseos de jugar a la alambrada, a la acumulación de riquezas, a la creación de religiones tortuosas y retorcidas.
Así con el noticiario de hoy. Así con las bombas. Así con la sangre culia que me brota del hocico. Así con leer batman, mientras se inicia otra guerra atómica o bacteriológica o guerra simplemente guerra. 
OTRA ESTRELLITA EN LA FRENTE PARA LA HUMANIDAD. CARITA FELIZ PEDAZOS DE MIERDA.



miércoles, 6 de marzo de 2013

a medianoche los ladridos de los perros son gritos

Se oyen ladrar los perros. Lleva el cuchillo para el corte preciso. Odia las muñecas adornadas con ridículos símbolos de caridad autocomplaciente. Se traga la bazofia amarga todas las mañanas.
Se deja tentar por el último resto de cocaína, por el que todos se acuchillan con las miradas dilatadas.
Sigue inmóvil sobre la cama esperando que la oscuridad le devuelva segundos perdidos o entregados por propio gusto.
Mantiene diálogos irrelevantes para tratar de obviar la voz interna que lo incita a tragarse la lengua.
Por cierto, su vida no tiene mayores sobresaltos -mucho menos, aventuras-. El único problema es que está convencido de que es un asesino a sueldo. Un pequeño animalito indefenso que cree que es un lobo. ¿O lo es? No lo sé; quizás, después de todo, el cuchillo, pronto a quitar cualquier vida, en sus manos, no sea sólo un juguete inútil. Aunque es probable que sólo sea un niño escuchando ladrar los perros. Sin duda alguna, superior a alguien no se siente; tampoco, protagonista de la más terrorífica película.
No comulga con el mundo ni con el macro-orden ni con el parlamento ni consigo mismo: eso es lo más difícil. Lo más difícil es lograr que deje de creer que es un borrón en la historia de otra persona. Lo peor va a ser convencerlo de que suelte el cuchillo cuando nos empiece a cubrir de tajos a todos. En fin, sólo se oye ladrar a los perros en la lejanía.