jueves, 1 de diciembre de 2016

Mudanzas

la última hoja pende,
movida por el viento,
de la rama del calendario
hasta que la ventisca
la desgarra de entre los dedos.
el reloj detenido
por el daño irreparable de los engranajes
se torna indiferente
al movimiento estelar
de las agujas de los huesos.
lo que hoy es montón de arena
mañana es sólida columna de espejos
erguida;
mas pronto derrumbada
arena disipada
otra vez por el frío vendaval.
no maldito
de ruina y silencio
de monotonía y óxido
el ojo y la boca testifican
el rodar del derrumbamiento,
sino que vivo el grito animal
bulle
torrente de ardor, sol y tierra.

martes, 15 de noviembre de 2016

Zemira

dos óbolos
       cruzando
la piel gris
   de la faz cerrada
dos óbolos
      para el barquero
      para la sonrisa
      para los dientes
              que se rompen
    chocando
rajando
         quebrando
dos monedas de bronce
      apagadas
con el filo de la navaja
con el brillo de la luna
       reflejada
                   en el fulgor de la sangre
   en el encierro del cajón de tierra
                   donde te hagas agua
                   donde del fuego, arena
                               te haga
dos monedas pálidas
           sin brillo
            opacas
cerrando el rostro
en tu ataúd de plata

A tu sangre, de la sangre. Del llano olivar perdido, a tu alma gitana.

martes, 11 de octubre de 2016

DULCES ESPONSALES

Amanece. Plaza Italia. Por fin pasan micros. Está cagao de frío. Sucio. Meado. Tufo a cenicero y cantina. Manchas de labial rosa en el hocico, en el cuello, en las mangas. Pelos de peluca. Sopla un viento helado. Tiene la mochila en la espalda como una seguridad de que no está tan perdido. Nunca se dijeron los nombres. En los bolsillos quedan las cosas justas. No tiene ni uno.
Un hombre triste le comparte un último cigarro caldeado. Llora, hablando de sus hijos distantes. No puede pagar ni la pensión alimenticia ni el pasaje de vuelta a Talca.
Es la quinta vuelta por el barrio Bellavista. Cada vez lo miran con más intriga. Busca con recelo. La hora del alba ha comenzado. Se acabó el amor y el dinero. En la cabezota, la espuma excesiva de la cerveza y la falopa metida por la ñata siguen haciendo estragos. Tiene recortes de imágenes, fotografías extraviadas de memoria, diálogos a medias entre la ahora exesposa travesti, su no-prima y el danzarín profesor de letras, que vendría a ser lo más cercano a él mismo.
Bailan apretándose. Se tocan y besan. Ella le muerde el cuello. Él le toca el paquete que la biología o dios o la mierda de suerte le puso en la zona sexual. Ella se retira y lo reta. Él le dice que no importa. Ella le dice que lo ama, que es lindo y tierno. Él le entrega todo, aunque son solo basuras materiales como la tarjeta bancaria con la clave. Ella le dice que no es una puta. Él la trata de estrechar de nuevo. Ella lo perdona. Él se emborracha más y más. Ella desaparece, después de que él le dice que es un monstruo solitario arrojado al mundo decadente donde el amor es una ilusión de mierda que une a los seres humanos por una necesidad enfermiza. Ella le dice que la asusta. Él es un saco de hueas que le rompe el corazón a la única travesti que lo ha pescado con un discurso basura de poeta maldito.
El guardia lo revisa protocolarmente; le anuncia que es una disco gay. Tiene cara de pajarito nuevo. Las amigas recientes lo esperan adentro.
Cocaína. Dónde. Aquí. Quién tiene. Ese. 10 lucas. ¿Quieren? Se la tira toda. ¿Por qué haces eso, mi amor? Yo solo fumo marihuana. Ya fue. Duro. No importa nada.
La va siguiendo desde Plaza Italia por Pío Nono. Pregunta estúpidamente si sabe dónde venden cigarros. Ella con mentón cuadrado y mucho de masculino, le dice que no. La encuentra hermosa. La deja continuar su camino. La vuelve a seguir. Otra pregunta estúpida. Ella lo mira con detención y cierto interés. Él no sabe sonreír pero logra verse algo sensual. Ella lo guía a través de la noche. Él la sigue hasta que consigue que ella y su amiga acepten beber una mínima cerveza.
Medianoche. Los cabros se despiden con abrazos fraternos afuera de la casa central de la Católica. Ha sido un día lleno de actividades académicas. Pa la casa po, hueón. Sí po, obvio. Ya fue suficiente por hoy. No te volvái loco po, hueón. No pasa ná, hermano. Todo bien. Estoy raja. Sí, yo igual. Directo para la casa.

viernes, 8 de julio de 2016

HOCICO DE PERRA

Mira alrededor, no encaja y lo sabe, pero sigue bebiendo su cuarto schop de medio y saborea el gusto a pito que le queda en la boca. El “Dante” es un lugar caro. Da igual cuando pagan los amigos becados o con trabajo. El “Dante” está en el nivel de la calle de un edificio que alguien debe saber por qué mantiene sus departamentos vacíos: todos los pisos están así. En el día, entra la luz por las ventanas, iluminándose paredes blancas. Por las noches, contribuyen con el clima fantasmal que le dan a Irrarázaval los espectros de meseros errantes que al cerrar los bares están demasiado duros para ir a dormir.
Sabe que no encaja; quizás, estaría mejor en alguna schopería de Plaza Egaña o en una de Las Parcelas, pero hoy invitaron los amigos becados o con trabajo y eso no se puede desaprovechar cuando la guata ruge por un poco de alcohol más. De todas formas, los amigos van a fastidiarse en algún momento de su silencio o de su euforia, depende la noche y las drogas ingeridas.
Se levanta sin tambalear para ir a mear. Descubre que el baño está pa la cagá. Una bomba drena la cámara séptica: el tubo está en el subterráneo. Concluye que ese tubo proviene de los departamentos fantasmas, de los baños abandonados. ¿Qué mierda puede tapar  la cámara si nadie habita sobre el “Dante”? Suena una canción en incoherente inglés sobre amor y hogar; entonces, se da cuenta que los meseros son efectivamente fantasmas, seres espectrales que deambulan errantes entre Vicuña con Irrarrázaval y Plaza Egaña; van desde el “Tequila” hasta las schoperías al lado del Teletrak, que no solo están duros, también borrachos o que han fumado de más y sus ojos enrojecidos solo descansan detrás de esos ventanales entumecidos de silencio y soledad.
Vuelve a la mesa, se calla su epifanía de mierda, ingenua y vacua. El grupo se dispersa. Se pone a jugar a los naipes con la fortuna; cuando se acaban los planes con letras del abecedario y los dados cargados son lanzados por una mano huesuda, se encamina a dormir antes que los pacos se lo lleven a la cana por vagancia. Siempre lo agarran pal hueveo. “Dónde se ha visto un borracho con libros”; “Qué vái a ser profe, vos, cagá”; “ya, camina conchaetumadre o querís que te forre a lumazos”. A veces prefiere guardar silencio; otras veces no puede y termina con ojos morados y labios rotos.
Una vez el puño en el hocico le hizo ver al paco, ancho y bruto, abriendo la armería, sacando lacrimógenas, contándolas, ufano y risueño comentaba cómo le iban a cascar a los mineros.
Podría nunca acabar. Podría escupir toda la vida veneno contra los pacos, los milicos, los pilotos de guerra, Top-gun, Sábados gigantes y el supermercado de la esquina.
Otro golpe en la cara le rompe el pómulo y ve nítida la perra atropellada a la orilla de la calle; inútil, la recoge aún con aliento, bota sangre por el hocico quebrado. Es demasiado joven y no sabe qué hacer. Pasa una radiopatrulla y los pacos paran, le preguntan, lo ayudan, llevan a la perra a la veterinaria del consultorio de La Faena: la doctora le pregunta si tiene plata para operarla. ¿De a dónde chucha un pendejo va a sacar lucas para eso? Dice que no y le meten anestesia hasta provocarle un paro cardíaco. Los pacos se van.
Una patada en las costillas lo devuelve a la realidad. Solo es un par de schop en el “Dante”, invitado por los amigos becados o con trabajo.

lunes, 1 de febrero de 2016

Entrega total

Zurcir los ya remendados miembros de muñeco de trapo sucio; relleno no de inútiles retazos de tejidos, sino de ansiolíticos y anestésicos.
Cantar con rota garganta de alcoholizado Pin Pon lastimeras melodías que animen los entumecidos sentimientos de infantes traumatizados por dictaduras que se prolongan en el tiempo como enfermedades incurables.
Llorar sobre la tumba de la puta cabrona vieja que nunca fue nombrada madre porque el odio te refulge en el hocico cada vez que recuerdas que te entregó al sacerdote millonario que te enclaustró en una caja de torturas de colores y violaciones en primer plano.
Ir tras el reguero de animales exorcizados en la autopista de alta velocidad, limpiando el desastre que dejan tras de sí, con las babas colgando, los guturales que se agitan tras el volante de la gloriosa máquina a combustión que les llena de orgullo el hueco vacío donde las Escrituras señalan que está ubicada el alma.
Pretender sacar la cabeza a flote, aunque sea para probar una última bocanada de aire intoxicante, cuando ya los cardúmenes de sílfides vengan a danzar la devoradora rutina alrededor de la viscosidad escarlata que llamaste cuerpo con ostensible gesto de apropiación.
Zurcir sin poder coger la aguja con los muñones atroces que te coronan las huesudas muñecas.
Cantar sin ton ni son roncas promesas de amor y entrega total.
Comprender sin dilaciones que el músculo en el costado izquierdo no será atravesado por lanza alguna.
¡Qué los cuervos te arranquen la lengua!