Descubrirse
equivocado. Cagándola.
Violento
por costumbre.
Invasivo
y torpe.
Sensualmente
arbitrario y agresivo.
Mostrando
la lengua como si gran cosa.
Dando
jugo con el cordón umbilical en la mano.
Cayéndose
a pedazos y rebotando entero.
Rabiosamente
insensato.
Encubierto
en afectividad y guerra.
Abortando.
El perla se cree y se engrupe con su revuelta emocional.
Pretencioso.
Repleto de vanidad.
Acosador
y borracho asaltando el cariño.
¿Perdiendo
mi propia batalla o luchando con amor y alegría?
Aplastándome
como un zancudo lleno de sangre.
Viéndome
esclavo de las lógicas que digo liberarme.
Miento miento
miento y no me creo nada. Qué horror.
La
exposición pública me está mortificando en mis errores cotidianos.
Nunca
he dejado de ser un tarado narciso.
Una
víctima de mi propio ejército de jueces.
Tan
torpe y engañado. Por mí. Por la vanidad. Por querer ser rey y padre.
Sumo
sacerdote.
Me
estoy vomitando en los pantalones la violencia de las peleas de perros
clandestinas a plena luz del día en la avenida principal de la villa, tratar de
detenerlas te tira encima a los guardias caucásicos de seguridad del que ya es
un evento normalizado. Están tan pendientes de cómo azuzan a los perros para
que se destrocen que no ven como los guardias maceteados me toman por la
espalda y uno se pone de frente para golpearme. No sé qué hacer. De pronto, nos
estamos revolcando con uno y tenemos sexo violento. Me meo semen cuando me mira
con las nalgas abiertas y el ano mojado de un abismal líquido que gira como un
torbellino.

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